Los padres de los otros

Junio 30, 2009 by tacitus

Una de las cosas que le pasan a Uno con la edad es que Uno además de ser quien es, se convierte en el padre de otro. Así para mucha gente, de edades y tamaños variados, yo soy el padre de … Como otros muchos son para mí los padres de … Hace poco llamé a casa de un vecino para avisarle de que se había dejado la ventana del coche bajada. Me abrió una niña, que va a clase con mi hijo, y nada más verme se gira y grita “es el padre de Kevin” (es obvio decir que mi hijo no se llama Kevin, pero por temas de discreción, y sobre todo no preocuparme por mis contraseñas de internet, los llamaremos Kevin y Jonathan, respectivamente, aunque Jonathan no tiene en este momento aparición alguna prevista en esta historia). Como decía, Uno entra en contacto con un mundo curioso. El de los padres de los otros. Dejo de lado la vertiente agradable, que la hay. Es bueno encontrar gente con la que puedes hablar tranquilamente un buen rato, o incluso llegar a invitaciones recíprocas a comer o cenar. Me centro en los otros padres de los otros. Los que dan juego. Esos que no te saludan nunca -ni devuelven el saludo, quiero decir-, o que cuando te diriges a ellos por alguna razón prosaica -suelen recaudar dinero para regalos colectivos para algún niño, o para la profesora, por ejemplo- te miran como si te vieran por primera vez. Donde se destapan las caretas es en las reuniones de padres. Esto acaba siendo como todo, al final casi ya ni vas porque ya sabes lo que te van a contar. Pero el público sí ofrece espectáculo. He visto padres (entiéndase que uso esta expresión todo el rato refiriéndome indistintamente a padres y madres) que parecen gente sensata, con los que comentas cualquier cosa cuando te encuentras, gente agradable en la conversación casual, que en las reuniones de padres bajan las defensas. Por supuesto, son la excepción, pero son suficientemente numerosos -mi experiencia así me lo indica- para considerarlos una categoria propia. Hacen preguntas peregrinas, fiscalizadoras hasta extremos sorprendentemente inquisitivos -¿de verdad quiere usted saber con tanto tanto tanto detalle lo que hace su hijo desde la hora de comer hasta que vuelve a clase? ¿no le basta una explicación genérica, y suficientemente descriptiva?- y otros comportamientos poco edificantes. ¿Quiere usted apagar el móvil antes de empezar, maleducado?, ¿quiere dejar de hacer comentarios en voz alta?. Suerte que no se venden palomitas antes de esas reuniones.

La verdad, da para bastante esto de los padres de los otros. Pero me tengo que ir, que ya voy un poco justo. Esta noche llevo a Kevin a un concierto, a un peaso concierto. A Jonathan -como los buenos goleadores, aparece donde menos se le espera- lo dejo a dormir en casa de una niña -monísima- de su clase. Sus padres encantadores, por cierto.

Traje sin corbata

Junio 15, 2009 by tacitus

Siempre he pensado que llevar un traje sin corbata era poco elegante. Supongo que porque nunca he tenido que llevarlo a diario, más bien de vez en cuando. A veces sí vienen momentos de necesidad en los que hay que ponerse el traje. Y fiel a mis principios, la corbata. Vaya por delante que yo soy de los que no se suelen quitar la americana ni en las bodas, cuando la mayoría de la gente ya se sienta en la mesa con los sudores del cocktail de aperitivo, y apenas llegar colocan la chaqueta en el respaldo. Yo no, yo aguanto. Solamente llego a ese punto sin retorno en momentos de calor extremo –nunca descartables en esta clase de eventos- y siempre después del café. La gente me pregunta si no tengo calor, y yo digo que no, y es verdad. El calor es un estado mental. Bueno, a veces. Esa frase no vale si el sol te está dando de pleno, o hay alguna otra circunstancia extrema. A la sombra y bien sentado no hay porqué achicharrarse. Luego a veces en el momento supremo del baile sí, hay que ceder, porque ahí el movimiento sí justifica quedarse sin chaqueta. También es cierto que si lo puedo evitar no bailo en las bodas. Aunque como en otras cosas, si empiezo, luego me quedo hasta el final. Por supuesto, la gente que se quita la corbata ya en la mesa me parece lo peor. Y si la agita por encima de la cabeza no digamos.

Así que volvemos al principio, a la gente sin corbata pero con traje. Últimamente he renunciado algo a mis principios. He decidido que se puede llevar traje sin corbata, y ser elegante. Supongo que la llegada del calor ha influido, y las más recientes tendencias relativas al declive de la corbata también. La chaqueta sirve para no congelarse con los aires acondicionados. Y por supuesto, hay unas normas.  No hay que llevarlo como si fuera uno de enero a las 10 de la mañana en la Puerta del Sol. Hay que llevarlo como si llevaras corbata, pero sin ella. Por supuesto, recien afeitado, duchado, y peinado. A las cinco de la tarde la imagen ya no es la misma, así que es recomendable no abusar, intentar no pasar de la hora de comer.

También es verdad que llevar un traje exige unos mínimos. No me considero un paladín de la elegancia, pero sí reconozco un traje que queda mal, y la clave de eso no está solamente en el corte, sino en el individuo.Y ya acabo, volviendo a los trajes y las bodas. El otro día estaba –fue mera coincidencia- en la puerta de una iglesia. Estuve allí un buen rato. Hacía sol, yo en bermudas y camiseta, iban llegando los invitados a la boda. Y sentí dolor. Ver esos trajes a las seis de la tarde, ver lo que eran en ese momento, un catálogo completo de trajes que lleva gente que nunca lleva traje -entre las mujeres había más variedad, toda la gama entre el bien y el mal-, y sobre todo pensar lo que sería aquello al cabo de un rato, con las corbatas puestas en la cabeza, y las chaquetas en el respaldo. Pensé que a Magritte no le hubiera gustado, así que me fuí a comprar un helado.

La zona Cesarini

Junio 3, 2009 by tacitus

Hace unas semanas, en una de esas charlas que tiene con los lectores, alguien le preguntaba a Enric González si pensaba escribir algún día sobre Cesarini. Él preguntó si era el de la zona, y dijo que lo apuntaba. Me intrigó eso de la zona y Cesarini, y busqué un poco. Hace unos años me gustó mucho una serie titulada El partido del siglo, emitida en Canal plus dirigida por Elias Querejeta, y con participación activa de gente como Santiago Segurola y Jorge Valdano. La condición para estar ahí era que fueran ex jugadores (por eso no estaba Maradona, en ese momento aún semiactivo), y que estuvieran vivos.  No sé si Renato Cesarini (1906-1969) hubiera estado en una selección así en caso de haberse hecho un partido de la primera mitad del siglo, del siglo pasado, pero por lo que leo parece que sí. No tenía conciencia de haber oído hablar de él. Ahora estoy seguro de que sí, porque desde que reparé en él le he oído nombrar más de una vez. Sin ir más lejos, precisamente leo hoy a cuenta de la intromisión del señor Kaká senior en el fichaje de su hijo una frase que acuñó Cesarini y que parece que recuerda a veces Alfredo Di Stefano: “No hay peor cosa que bailarina con mamá y jugador con papá”.  Supongo que es una cuestión generacional, porque sí me sonaba gente con una trayectoria vital parecida a la suya, como Schiaffino, Ghiggia o Sivori, argentinos o uruguayos que triunfaron en Italia, pero todos ellos nacieron al menos un par de décadas después.

A juzgar por las numerosas referencias parece que ya lo sabía todo el mundo, menos yo. Cesarini se especializó en marcar goles en los instantes finales de los partidos, especialmente significativo fue uno con Italia, que dejó perplejo al periodista que bautizó el fenómeno como caso Cesarini. Luego, en una evolución de la expresión pasó a llamarse  zona Cesarini, denominación que parece que ha trascendido hasta el punto de usarse no solamente en relación a partidos de fútbol, sino a eventos deportivos en general, e incluso en otros ámbitos de la vida, como sinónimo de in extremis. Recuerdo ejemplo menos épicos, aunque también fubolísticos, de metonimias así. Stefan Effenberg, sustituído en un partido con su selección durante el Mundial de Estados Unidos le enseño el dedo índice levantado a su entrenador. En Alemania a ese gesto se le llamó un tiempo, ignoro si se ha mantenido, hacer un effenberg.

Cesarini hizo el camino de ida y vuelta, en realidad dos vueltas completas. Nació en Italia y se crió en Argentina. Luego emigró al viejo continente. En los años 30 hizo carrera en la Juventus y fue internacional con la selección italiana, aunque su último partido lo jugó unos meses antes de la Copa del Mundo de 1934, ganada precisamente por la squadra azzurra. En su regreso a Argentina llegó a jugar en River, donde poco después, en labores técnicas, fue uno de los forjadores de la famosa máquina, esos que en los primeros años 40 formaban una delantera de ensueño, además con nombres de enumeración deliciosa. La cadencia, el ritmo ayudan sin duda a crear la leyenda: Muñoz, Moreno, Pedernera, Labruna y Loustau.  El equipo de referencia del joven Di Stefano, que llegó a jugar con algunos de ellos. De este último artículo  me guardo una frase del Pipo Rossi, también integrante de esa orquesta: “Quien no pasa la pelota al pie es mala persona”.

Diletantes en tiempos de crisis

Mayo 19, 2009 by tacitus

Hay un tipo de negocio que si de mí dependiera no sobreviviría. No es que si yo mandara lo fuera a ilegalizar, o que aunque no mandara, que no mando, fuera a hacer una cruzada en su contra, es que no pondría jamás los pies allí. Me vino esto a la cabeza el otro día leyendo sobre la existencia de una tendencia de tiendas pop-up, aunque yo las llamaría fast-shops. Ponían ejemplos de tiendas de comidas de gatos que se convertían en restaurantes felinos. Y digo yo que eso funciona (si funciona) en época de superabundancia, donde la gente ya tiene más de lo que necesita. Hay cosas cuyo único valor añadido es la originalidad, que no es poco, pero que al mismo tiempo tampoco es para tanto. Una vez allí ¿qué?. -Oh, he llevado a mi gato a comer a un restaurante para gatos que antes era una tienda de comida para gatos. Ni siquiera contarlo es emocionante.

No hace mucho estuve un día de diario junto a la playa, cosa que no suelo hacer. Iba a comer por allí y paseaba asombrado por la cantidad de gente que había. Era en septiembre, quizás octubre. Las hordas de turistas llegaban en autocares y eran descargados en manada. Pasé por fuera de un sitio que por dentro es un iglú. Un bar de hielo. Te pones una chaqueta (polar) y te tomas tu cerveza o tu copa a temperatura de cubito. Seguro que hay gente a la que le hace gracia eso. A mí desde luego, ninguna.

No sé si diletante es la palabra más indicada, pero me gusta como queda el título. Seguro que hay gente a la que no le hace nada de gracia. Seguro que son de los que se toman una copa en un bar iglú y les gusta la experiencia.

Diletante

1. Persona que se dedica a un arte o ciencia por diversión, sin vocación.

2. Persona cuya ocupación es la mera recreación en el arte.

3. Vividor sibarita.

Eppur si muove

Mayo 10, 2009 by tacitus

Si Leonardo viviera hoy en día, yo creo que le gustaría el fútbol. Y a Galileo también. Así que aunque no tenga mucho que ver, o a lo mejor por eso, se me ocurre esta frase, “y sin embargo se mueve”. Ahora mismo debería estar de camino al campo, pero he dejado que otros disfruten que también se lo merecen. Con independencia de lo que hagamos en los próximos partidos -que no lo sé pero estoy seguro de que será bastante bueno- ya puedo afirmar que algunos de los mejores momentos de los últimos días me los han dado ellos. Y yo me pregunto, ¿a mí qué más me dará que veintidos tíos corran detrás de una pelota -de un balón redondo por usar una expresión relativamente común-?. Pues sigo sin saberlo bien, no es un tema meramente estético, hay un montón de cosas más bonitas. Tampoco es que me afecte demasiado personalmente. Quiero decir, yo no juego, ni nadie que yo conozca. Los jugadores son todos más jóvenes que yo. Creo que debe hacer un año  desde que se retiró el último jugador de primera que era mayor que yo. Hasta el entrenador de mi equipo es un poco más joven que yo. Eso me aleja un poco de ellos. Los ídolos de uno tienen que ser mayores que uno. Es una ley natural. Por eso me alegra de que mis músicos favoritos sigan en activo, y me sigan llevando 9 años o 18.

Otro día hablaré de que el fúbol pese a su inmutabilidad, sí se mueve. A su ritmo. De que las cosas que eran esenciales en un momento concreto luego dejan de serlo. Ahora se juega con quince o veinte balones. No hace tanto, para cambiar el balón había un conciliábulo en medio campo del que formaban parte capitanes, árbitro y algún otro que se colaba en la reunión. El año que viene apuesto a que habrá más equipos que viajen el mismo día del partido. También hablaré -las teorías conspiratorias no pueden faltar- sobre las mentiras de las estadísticas, calculadas siempre sobre 90 minutos cuando es sabido que los partidos duran unos cuantos más. ¿Record de imbatibilidad de 540 minutos? Ja.

Esta entrada ha sido escrita de un tirón, en unos veinte minutos, oyendo la previa, y con un extraño pero agradable -y hasta cierto punto absurdo- cosquilleo en el estómago. En un momento empezará el partido. Galileo hubiera mirado fijamente la pelota, y al sonar el pitido inicial hubiera podido pensar eppur si muove.

De instrucciones y etiquetas

Abril 20, 2009 by tacitus

Los manuales de instrucciones me producen cierta fascinación. En ocasiones incluso he guardado algunos que no hacían falta -pues su versión española iba en cuadernillo aparte-, con la vaga idea de ponerme a aprender nederlandés o suomi simplemente comparando con su traducción. Como puede verse en la etiqueta de arriba, las traducciones no son siempre muy fiables, aunque de eso hablaré luego.  Ahora estaba con los manuales. Aparatos electrónicos más o menos sofisticados tienen larguísimos manuales, en los que muchas veces lo obvio está explicado de manera excesivamente detallada, y lo que interesa ni si quiera se menciona. A veces parece que en un producto se gastan la pasta en la maquinaria interior, en el diseño exterior, en el embalaje y luego en la publicidad y que no dejan ni una parte ínfima del presupuesto para las instrucciones. A veces parece que el que las redacta tiene odio laboral dentro, odia a su empresa y a los que le obligan a hacer ese trabajo, además sin pagar -”no llega el presupuesto”, le dicen-. Solamente así se puede explicar lo malas que suelen ser.

Para lavar la ropa hay que seguir un manual de instrucciones que está concentrado en la etiqueta. Unos símbolos presuntamente universales pero que pese a todo aún no he conseguido nunca acabar de descifrar. Casi me manejo mejor leyendo jeroglíficos egipcios. Ayer reparé en esta etiqueta. Es de una especie de cojín cilíndrico con el escudo del Barça. Con unas bolitas blancas muy pequeñas y pegajosas en su interior. No está muy bien cosido, así que ya ha habido algún escape, y esas bolitas ínfimas se quedan pegadas a los dedos. No se puede luchar contra ellas. Intenté hacer caso del refrán, pero unirse a ellas tampoco es muy práctico, la verdad.

El caso es que reparé en esa etiqueta, prodigio de síntesis e instrucciones contradictorias, sobre todo si uno sabe idiomas. A saber lo que pondrían si estuvieran en suomi o nederlandés. En fin, pensaba que sabía inglés, pero he descubierto que no.  “Lavar a mano y secar al aire libre” se dice “do not wash”. Eso sí, al menos tienen el detalle de avisar: cuidado con las bolitas interiores. Luego está el tema de los jeroglíficos. Hay seis signos infames y misteriosos, de los que alcanzo a entender el de lavar a mano, y el de no planchar (cosa difícil tratándose de lo que se trata). Los tres de la derecha me parecen especialmente enigmáticos. Los veo ahí y parece que me estén retando, así que he tomado medidas drásticas. A grandes males, grandes remedios. De momento he cortado la etiqueta. Intentaré llegar a un acuerdo amistoso con las bolitas interiores.

99

Abril 14, 2009 by tacitus

Suele pasar. A veces uno no sabe de qué hablar y acaba recurriendo al refrito. En algunas series lo hacían de vez en cuando. Una especie de Best of, o un capítulo hecho con trozos de otros capítulos. En grupos musicales, el Best of suele ser mala cosa. O ya no sacan nada, o ya no sacan nada que valga la pena. Yo ya hice mi propio refrito, y lo llamé El ombligo. Eso me cierra esa puerta. Un segundo ombligo en poco más de tres meses revelaría una falta de recursos alarmante. Así que tengo que pensar otra cosa.

El 99 quizás. Así, como efemérides. Hemos llegado a 99. Bien, bravo. Cuando empecé en esto, escribiendo sobre Paris desde el río (bueno, vale, stop refritos) recuerdo haber leído que la gran mayoría de los blogs no llegaban a los dos años. También recuerdo haberme propuesto no quedarme por el camino. Así se escribe la historia, si me hubiera quedado por el camino hubiera olvidado la segunda parte de mi recuerdo, y me hubiera quedado solamente con la primera.

Me gusta el 99. Es mi apellido, seguro que algunos no lo sabéis. Tacitus99, como Johnny 99, los 99 red balloons, el número de Wayne Gretzky o Espacio 1999. Un número que tiene gracia, no lo vamos a negar. Después de él ya cruzas el límite, la frontera del 100. Palabras mayores. He tenido algún pariente que ha llegado a los 100 años, y los ha sobrepasado. A mí de pequeño me leyeron la mano y me dijeron que tenía la línea de la vida muy larga, que viviría 123 años. Todo lo que no sea llegar a esa cifra supondría una decepción, incluso si me quedara en 99.

Epílogo: Usando esa función del contador de palabras, me hubiera gustado escribir 99 palabras, pero los malditos refritos me han disparado las cifras. Ahora no sé si estaba hablando de esto o del colesterol. Y al fin y al cabo, demasiada simetría no es buena. Ah, y una confesión lo de Gretzky lo ví buscando una foto con un 99. Pensé que le daría más credibilidad a la historia.

La música del adios

Abril 1, 2009 by tacitus

Hace poco me leí el último libro de Ian Rankin protagonizado por el inspector John Rebus. El último, y parece que definitivo. De hecho el tema principal de la novela, al margen de la correspondiente investigación, es la jubilación de Rebus. No es casual que al empezar, como siempre dando fechas exactas que sitúan el caso en un momento muy concreto, mencionen la muerte de Jack Palance, y luego la de Pancho Puskas, que formó parte de un equipo cuyo nombre no recuerdo que impactó en Escocia, con una exhibición en Hampden Park allá por 1960 goleando 7-3 al Eintracht de Frankfurt . Todo eso representa, como la jubilación misma, el fin de una época. Hay una cierta melancolía durante todo el libro, pero eso no es un demérito, solamente una característica. “Otoño, Edimburgo, se acerca el final de la carrera del inspector Rebus …”. Así empieza.

Rebus responde al arquetipo de policía de novela. Gente que va un poco a la suya, buenos compañeros, pero con un punto de outsider, siempre un poco al margen, con jefes que a veces les comprenden y apoyan pero que cuanto más arriba están más inútiles se presentan. Tienen sus propios códigos, que son los que respetan. Al margen de eso, cada uno de ellos tiene unos rasgos distintivos. En Montalbano, la comida y el tiempo, siempre muy presentes y capaces de marcar el humor del comisario. En el caso del griego Jaritos, el insufrible tráfico de Atenas a bordo de su Mirafiori y sus diccionarios.

Rebus trabaja en Edimburgo, bebe bastante y fuma demasiado. Pero lo que le distingue es por encima de todo su carácter melómano. La música siempre está presente, llega a casa y se pone un disco. En este último libro incluso lleva reproductor de CD en el coche. Se decanta por el rock clásico, especialmente grupos de finales de lo sesenta y primeros setenta. A veces suceden cosas como descubrir un cadáver -o lo que queda de él- y no saber si lleva ahí 20 años o 40, y a parecer Rebus, advertir que lleva una camiseta del Some girls de los Stones, y por tanto calcular la época aproximada de la muerte. Incluso, los títulos de sus novelas son o suelen ser de canciones, o quizás álbumes. Let it bleed o Black & Blue, por ejemplo. También The hanging garden, de los Cure o Dead Souls de Joy division. En mi exhaustivo trabajo de documentación para escribir esta entrada leo que Exit Music título original de La música del adios es en honor a una canción de Radiohead.

Echaremos de menos el Oxford, a Rebus, su compañera Siobhan, los patólogos forenses, Big Ger Cafferty, su perenne enemigo por el que siente una fascinación casi enfermiza y toda una pléyade de personajes que como en toda serie que se precie, uno acaba conociendo y espera siempre su aparición, aunque sea fugaz. Aquí, uno que piensa como yo.

If you believed they put a man on the moon

Marzo 25, 2009 by tacitus

Este año se cumplen 40 años de algunas cosas. De la llegada del hombre a la Luna, por ejemplo. O del concierto de los Rolling Stones en Altamont. Seguro que cuando llegue la fecha oiremos hablar de ambos. En unos meses tendremos hombre en la luna a todas horas. La frase de Neil Armstrong no sé a quien se le ocurrió, pero es brillante.

Hasta que ví Capricornio Uno, debía tener 12 ó 13 años, no se me había ocurrido pensar que todo podía ser un fraude -en realidad esta no se atrevía a tanto y se refería a Marte-. Hace tiempo recibí un powerpoint, cuyo contenido he visto luego reproducido en algunos sitios, en donde se demostraba la existencia de una serie de errores que conducían a la inequívoca confusión conclusión de que todo había sido un engaño. Yo sigo creyendo que sí, que hubo alunizaje.

También es verdad que Tintin llegó primero. Hace unos meses ví un reportaje en el que sorprendía la cantidad de cosas y detalles que había acertado Hergé ¡en 1950!. Claro, que antes que él ya se habían aproximado mucho a lo que luego pasó (o no) otros visionarios, como Julio Verne y su De la tierra a la luna, o los de aquella vieja película de la prehistoria del cine mudo, titulada sencillamente Viaje a la luna, del pionero Méliès.

Bien pensado, ¿para qué fue el hombre a la luna? Supongo que para demostrar que se podía ir. No es un dato muy conocido, pero según parece -uno ya no se cree nada- hubo un total de seis visitas con paseo entre 1969 y 1972. Lo que sí parece claro es que luego no han vuelto, así que se confirma que fue por aquello de “yo estuve allí”. Sobre los viajes posteriores al primero no se suele hablar tanto, y desde luego, los que fueron la segunda vez, Charles “Pete” Conrad, Richard Gordon y Alan Bean no son ni de lejos tan conocidos como Neil Armstrong, Edwin “Buzz” Aldrin y Michael Collins -aunque este suena más a película sobre héroe irlandés, o en su defecto pub  con guinnes y tréboles-. Después del Apolo 11 siguieron los Apolo 12, 14, 15, 16 y 17. El Apolo 13, el de la peli de Tom Hanks, se quedó a medias. Precisamente, al personaje que interpretaba, James “Jim” Arthur Lovell Jr le corresponde el honor de ser la única persona en haber ido a la luna dos veces y no haber paseado por ella ninguna.

La luna inspira grandes canciones. Entre mis favoritas una habla de darse un paseo por la luna y otra incide en las dudas sobre si el hombre llegó allí, aunque en realidad  no es ese el tema central de la canción. Parece -con Stipe nunca se sabe- que trata del cómico Andy Kaufman: Walking on the moon de The Police y Man on the moon de REM. Así que empiezo cantando eso de Giant steps are what you take walking on the moon y acabo con ese subidón que es el if you believed they put a man on the moon.

Inflación, deflación, estanflación

Marzo 12, 2009 by tacitus

Hay palabras que me parecen bonitas, más allá de su significado. No me refiero a inflación, que no está mal, aunque tampoco es para tirar cohetes y además es bastante conocida. Hablo de las más misteriosas deflación y estanflación. De cualquier modo las tres juntas suenan mejor que por separado. Es curioso, las unas significan lo contrario de las otras, y todas son malas.

Luego está la hiperinflación. Hiperespacio o hipérbole son palabras que me gustan, otras como hipermercado no me gustan tanto. Pero lo de la hiperinflación pone los pelos de punta. Me contaba un amigo argentino -era un poco exagerado- que en Buenos Aires en los 80 entrabas en el supermercado y cuando salías las cosas ya eran más caras. Viendo como están ahora en Zimbawe -inflación en un mes del 2354%- y como sigan así, pronto en su madre patria, la Gran Bretaña, me lo creo. Por cierto, Zimbawue se puede escribir de muchos modos y seguramente todos, o quizás ninguno, sean correctos.

Parece que los ingleses han vuelto al viejo truco, el de sacar la máquina de hacer dinero. Eso pensaba yo de pequeño que era lo que servía para acabar con estos problemas. Supongo que todos lo hemos pensado alguna vez. Si hay gente que no tiene dinero, ¿por qué no hacemos dinero para todos?. La verdad, me costó entender que esa no era la solución. Debió ser a los 12 años, y fue gracias a Obélix y compañía. El menhir triunfa en Roma, así que todo el mundo se pone a fabricar menhires. Al final, la frase explicada por Panoramix en el lenguaje de los hombres de negocios: el menhir ya no valer nada.

Suerte que tengo unos millones de dolares de ahorrillos. No estoy muy seguro de donde son, norteamericanos o canadienses. Mi broker es de Harare. Tengo que buscar donde está eso.