
Siempre me ha gustado mucho nadar. Nadar en el mar sobre todo, aunque es difícil, especialmente si hay oleaje, o corrientes. De hecho me gusta mucho bañarme en el mar, aunque a veces la playa sea un poco agobio. De pequeño, y ya mayorcito también, iba a un sitio magnífico con una piscina de agua salada, lo mejor de ambos mundos. Agua de mar y piscina. Cuando subía la marea entraban las olas, y aún tengo una marca en un costado de un revolcón que me dio una.
Ahora sigo nadando, voy a menudo a una piscina. Intento ir al menos una vez a la semana, aunque dos o tres sería mucho mejor. No me gusta el olor que se me queda en la piel, aun después de haberme duchado. Pero nadar lo compensa. Meterse en una piscina y hacer largos durante veinte o treinta minutos es un ejercicio curioso. Estas ahí solo, mirando a un lado y a otro con un gorro que aprieta pero no ahoga y con esas gafas de marciano, no sabes muy bien qué pensar, si contar largos, si cantar una canción, sobre ese recado que tienes pendiente, o qué poner en el blog. Ya he previsualizado un par de temas en la piscina.
Hay varias películas donde las escenas de piscina son importantes. Recuerdo en Azul, a Juliette Binoche saliendo del agua sobresaltada, o esta cuyo cartel he puesto, El nadador, con un extraordinario Burt Lancaster que iba recorriendo las piscinas del condado. Una película muy recomendable, y un gran actor, que desde sus papeles de malabarista en joyas como El halcón y la flecha o El temible burlón a sus papeles de madurez en El gatopardo, Novecento o Atlantic city, es una de las presencias más imponentes de la historia del cine.

