
(viene del capítulo anterior)
Así que con referentes como los señalados, entre otros muchos, en mi aproximación a Venecia tenía buenas expectativas, que se cumplieron sobradamente. La llegada ya es espectacular. Mientras desciendes ves toda la laguna, en cuando te bajas del avión te vas a coger un taxi que es una lancha, que obviamente va por el agua -lo mismo si optas por el transporte público, un vaporetto- . Además con la gracia de viajar un viernes, que tiene siempre esa cosa tan gratificante que da pensar “esta mañana he ido a trabajar y ahora estoy cenando pizza en una terraza veneciana”. También es verdad que creo que aunque hubiera ido a Lieja, por citar una de las ciudades más feas que recuerdo, hubiera estado contento.

Venecia es una ciudad con mucha gente mayor, sus habitantes, y con muchos turistas, de edades diversas. Estos se concentran especialmente alrededor de la Plaza San Marcos. Calles atestadas de gente, con desvíos que dan a canales vacíos. Muchos americanos. Creo que más que en todo Wichita. Es una ciudad llena de gente que va con maletas de un lado a otro, porque los coches no entran, y tienes que andar acarreándolas, mucho o poco, depende donde te deje el vaporetto, la lancha-taxi, o la góndola. O el tren si llegas por esa vía.
No es tan cara como uno pudiera creer, al menos no lo es si vas desde Barcelona. Los helados mayormente a un euro, precio por el que aquí no encuentro en ningún lado. Las pizzerias y trattorias más baratas, o al menos no más caras, y desde luego más auténticas. Eso sí, prohibitivo y hasta cierto punto absurdo, tomarse algo en la Plaza San Marcos. Un poquito más allá, en el Campo de San Stefano se está mucho mejor.

Y luego, los lugares comunes. El paseo en góndola, topicazo para turistas y todo lo que querais, pero vale la pena. Luego están los puentes, el de Rialto, el de la Academia o el de los Suspiros son los más famosos, pero hay muchos más, cerca de 500. Hasta Calatrava va a hacer uno, según parece. El Puente de los Suspiros está dentro del Palacio Ducal, y comunica la sala de juicios con las mazmorras. Los suspiros los daban los condenados, claro. Me parece más interesante lo que se ve desde dentro -imaginando que no hubiera turistas- que desde fuera.

Mi recomendación es tomarse las cosas con calma, resignarse a los momentos inevitables de estar rodeado por una multitud en bermudas y sandalias, y disfrutar de todo lo demás. De los canales solitarios, o de las plazas un poco sucias y desconchadas, pero con un encanto fuera de toda duda. Lo cierto es que es todo tan bonito que confieso haber caído víctima de los dos síndromes que definen al turismo del siglo XXI, el de Stendhal, que viene de lejos, y el de Nikon, más reciente.




