
Como recordaba el otro día con linoleo, el verano es época de reposiciones. Aquí va una. Esto también lo mandé a un concurso, que no gané, claro.
Hoy no tengo un buen día. O tal vez sí, no sé. Lo que es seguro es que me he levantado con espíritu cáustico y burlón, una de las cualidades que me definen, según dicen quienes me conocen, y que según esas mismas fuentes me convierten a la vez en una persona divertida pero exasperante. Eso da para bastante en la floristería donde trabajo. Por ejemplo, hoy he me he vuelto a acordar de ese señor cincuentón. Cincuenta y tres para ser exactos. Un día lo miré en su DNI. Tuve el aplomo suficiente para darle la vuelta y mirar su fecha de nacimiento porque me comentó que era su cumpleaños. Lo verifiqué con estudiada indiferencia y se lo devolví sosteniéndole la mirada junto a su tarjeta de crédito. Justo en ese momento pensé, que en la más de media docena de veces que me había venido a comprar en los últimos meses, era la primera vez que no pagaba en efectivo. Además, era la primera vez que me hacía enviar las flores a la dirección que aparecía en su DNI. También me molesté en fijarme en ese detalle. No pregunto, no juzgo, solamente constato el hecho. Me miró con expresión dubitativa, no sabía si sonreírme de manera cómplice o agachar la cabeza con aire de culpabilidad. Agachó la cabeza y mirando hacia abajo se le escapó la sonrisa de complicidad dirigida a las baldosas.
Hoy también ha vuelto ese joven. ¿Treinta y seis aún es joven, no?. Viene con cierta frecuencia y paga indistintamente al contado y con tarjeta. Le veo pasar cada día en el autobús, mirando fijamente hacia aquí. No sé si se cree que no me doy cuenta. Aún será capaz de pensar “nunca supiste que te miraba desde el bus”. Yo lo llamo “mi admirador no demasiado secreto”. Se baja en la parada que hay a diez metros de la tienda, y viene, de eso no hay duda, sin saber qué comprar ni para quien. Me pregunto quien recibirá las flores, su madre, la portera de su casa o se las regalará a alguna desconocida, como en aquel anuncio. A lo mejor es él quien me engaña a mí, y su aparente ingenuidad responde a una pose perfectamente estudiada que obedece a una estrategia de seducción puesta en práctica muchas veces. No, seguro que no finge. Hubiera protestado cuando esta mañana le he endilgado aquel aparatoso centro de flores secas, que no era feo, pero sí desproporcionadamente caro. La verdad es que estaba renovando el escaparate, y me daba pereza guardarlo en el almacén, o ponerlo a precio de saldo. Cuando le he visto entrar, se me he escapado una risa burlona, fugaz. Con rapidez, le he dedicado a él la mejor de mis sonrisas, y claro, el pobre chico ha salido cargado con el enorme centro de flores secas. Supongo que un día de estos me invitará a cenar.