
La prensa gratuíta se ha hecho un hueco en nuestras vidas. Eso significa que se crean nuevos roles, nuevos estereotipos. Hay imágenes que ya asociamos inmediatamente a este fenómeno. Los repartidores que luchan por el mejor puesto a la salida de las escaleras de metro o los viajeros compulsivos que entran en el vagón y repasan los asientos y las partes altas en busca de su dosis de lectura rápida. También desaparecen algunos clásicos. Por ejemplo la figura tradicional del lector gorrón, ese que lee de tu periódico por encima del hombro, de manera indisimulada, y que seguro que en alguna ocasión ha llegado a carraspear cortesmente porque tú has pasado la página que él no había acabado de leer.
Entre esa multitud de diarios ya se empieza a hacer distinciones. Algunos tienen un diseño muy bonito, otros son horrorosos. Dan todos las misma noticias, aunque eso también pasa con la prensa tradicional. Tienen sus columnistas de cabecera, algunos convertidos -al menos esa pose llevan- en gurús. Hacen encuestas sobre todo lo encuestable y más. No sé quien contesta, en realidad no sé si alguien contesta, pero allí están luego ofreciendo sus resultados con aire del pan nostradamus de cada día.
Ninguno ha optado por tirarse al sensacionalismo descarado. Algo tipo el recientemente desaparecido Weekly world news que sacaba sin empacho a Hillary con el bebé extraterrestre que había adoptado, o recurre con frecuencia a la interesante noticia de las andanzas de Elvis en islas remotas y cosas así. Los de aquí cultivan más bien una tendencia populista light, y quizás, solo quizás, una conexión mayor que la otra prensa -escrita o no- con lo que le interesa a la gente. De hecho los recientes cambios de diseño de algunas de nuestras cabeceras más señeras han llevado a un aligeramiento de contenidos, más reportajes de esos de salud o tendencias que digo yo algún día se acabarán. Entonces veremos un boom de adopciones de bebés extraterrestres.

