
El esquí es un deporte agradecido, caro pero agradecido. Se puede disfrutar de él en un tiempo razonablemente corto. Otra cosa es hacerlo bien, pero se puede conseguir un nivel aceptable en unos días. Los niños lo tienen más fácil, pesan poco y tienen el centro de gravedad bajo. Si eres joven, el cuerpo aguanta mejor las inevitables caídas del principiante.
Yo empecé a esquiar a los 15 años, más o menos. Fue en un viaje con el instituto, y mis primeras caídas fueron sobre puro hielo, así que después de eso, cualquier cosa es mejor. La costumbre de la llamada semana blanca se mantuvo tres años seguidos y pude adquirir un nivel decente. Luego iba cuando podía, un año sí y dos no, o al revés. El apogeo de mi carrera como esquiador fue una semana en Avoriaz, estación de lujo, no tanto por los precios -aunque hablamos de la Suiza de antes del euro- como sobre todo por su extensión y la gran calidad de su nieve. La verdad, uno llegaba a sentirse un poco James Bond, llegando a lo alto de un pista con una flecha señalando hacia Francia y otra a Suiza.
Ahora llevaba bastante sin esquiar, casi diez años. La moda ha cambiado un poco, el tipo de esquíes también. Ahora son tirando a cortos y ligeramente anchos, Yo iba con unos que me delataban como el esquiador desactualizado. Largos, muy largos, y finos. Además, mi ropa también era una combinación peculiar. Vestía como dicen que debe ir una novia, con algo nuevo, algo viejo, algo prestado y algo azul. Yo iba tan feliz, pero viendo luego las fotos reconozco que podía haber hecho lo que hace todo el mundo, pasar por esa tienda de ropa deportiva en la que estás pensando y hacerme con un equipo completo a un precio más que aceptable. Lo malo es que luego parece que vayas de uniforme.
Uno nota que se hace mayor al ver que el cuerpo no le pide determinadas cosas, aunque también es cierto que tampoco se las iba aceptar luego. Las antiguas largas sesiones de principio a fin de la jornada se sustituyeron por menos tiempo, aunque de buena calidad y mucho disfrute. Las juergas nocturnas, por tranquilas veladas que acababan como mucho a las once de la noche. Eso sí, al final lo de siempre, una sensación muy placentera, se disfruta mucho. No navego, pero imagino que en temas de deporte, solamente ir en velero por el mar es comparable a una buena bajada, con sol, buena nieve y poca gente por enmedio.
