
Cordiales, desganados, reales, sinceros, falsos, de compromiso, amables, desagradables … El saludo tiene una variedad asombrosa. Cada mañana me cruzo con unas cuantas personas a las que saludo. Calculo que cada día saludo a unas 15 personas a las que no conozco más que de cruzarme con ellas, como mucho sé que son “el padre o la madre de …”.
El saludo te dice algo de la persona. Tampoco es que sea una ciencia exacta, ni tiene la fiabilidad de, que sé yo, los posos del café, pero sí puedes hacerte una composición. Sin agotar la extensa tipología, podemos señalar diversas modalidades de saludadores (o no saludadores): (A) los que cuesta arrancarle uno, (B) los que los derrochan (C) los que lo escatiman (D) los de compromiso (E) los desesperados (F) los cómplices
(A) Conozco gente que en saludo son bastante deficientes, pero que luego ves que son así, tirando a contenidos, no regalan saludos porque sí, a veces lo hacen con un gesto casi imperceptible, es su manera. Un ejemplar de esta especie lo lanza casi como si me lo tirara. Lo he visto hablando con la gente, y veo que en general es un tipo bastante tímido, que tiende a mirar al suelo, o sea que en realidad, me tomo su saludo piedra como una deferencia.
(B) Mucho mejor en cualquier caso que aquellos que los reparten a diestro y siniestro, como políticos en campaña, solamente les falta besar a los niños. Es gente que después de saludarte efusivamente, a la hora de entablar cualquier diálogo por nimio que sea te mira, arruga la frente en gesto de “¿de qué conozco yo a este?”.
(C) También están los que miran para otro lado. A estos al final me gusta cogerlos en un renuncio. Pero vamos a ver, si nos cruzamos cada día, si yo sé quien eres tú y tú quien soy yo, ¿cuesta tanto hacer un gesto?. Así, busco el contacto visual, que ellos rehuyen, y entonces sé que he ganado. Si me saludan, he ganado también. En realidad todo esto lo digo más que nada para dar algo de contenido a esta modalidad, porque realmente, a estos que ignoran a los demás, tampoco les hago mucho caso.
(D) Estos responden a un patrón de contraste entre lo dinámico y lo estático. Lo dinámico soy yo, que paso por delante, lo estático son ellos que están siempre allí. Quiosqueros, porteros de finca, comerciantes en general. Lo incómodo no es saludarles, al revés. Pero faltan reglas claras para evitar el exceso. Tenía un amigo hace años al que visitaba a menudo. También pasaba frecuentemente por delante de su casa, así que me veía en el incómodo brete de saludar tres o cuatro veces, saludar una y luego ignorar, lo que era algo absurdo … o al final la solución definitiva, ir por otro lado para evitar pasar por ahí.
(E) Los desesperados son los que buscan el saludo ajeno como otros van corriendo por la mañana a tomarse un café. Están dominados por el afán de saludar, los ves que de lejos acechan a sus presas, y dirigen sus miradas ansiosas hasta que pescan. Yo estoy en la agenda de dos de ellos, una madre y un hijo, que te saludan incluso por la espalda, cosa que contradice las leyes fundamentales del saludo. A ellos no les importa. Sonríen complacidos cuando respondo -por duplicado, y casi sin respirar-.
(F) A veces entre la multitud hay gente que decide saludarse. Yendo al colegio, es lógico que salude a otros padres de “mi” clase, pero no lo es tanto cuando el que saludo es un padre de otra clase que no sé ni como se llama él, ni sus hijos. Lo tengo muy claro, en este caso, el nexo es una corbata. Durante un tiempo nos hemos ido encontrando, y coincidiendo en que los dos llevábamos corbata. Supongo que eso es lo que crea el vínculo para, entre una multitud descorbatada, considerarnos pertenecientes a un mismo subgénero, a una minoría.
Para el próximo día dejo mi modalidad favorita, los saludos confusos.