
Hoy me he encontrado a un señor que estaba muy despistado. Se ha puesto a hablar conmigo, y he visto que se había perdido, desorientado. Su conversación era coherente, podía seguir perfectamente el hilo de la conversación, pero en algún momento aparecía algún detalle. Le he llevado en coche a la estación, donde me decía que estaba su familia, luego ví que no era esa la estación que él decía. Así que nos sentamos en un banco, le pregunté si tenía algún teléfono al que llamar, me dijo que no, pero luego sacó una carterita y lo encontramos. Llamé, salió su hija, y me dijo que venía enseguida. Yo hablaba con él, era afable, me dijo su nombre, que tenía 80 años, y algunos otros detalles de su vida. Llegaron la hija y la madre, la esposa de este señor, que lo primero que me dijo fue que les fallaba la memoria -a los dos-. La hija, con paciencia y resignación, le preguntó al padre que donde había ido, que había dicho que iba al contenedor a tirar la basura, y había pasado más de una hora. Él contestó que había empezado a caminar. No era la primera vez que lo hacía, antes llevaba una pulsera, pero le molestaba y se la quitaba, esperaban ahora una especie de localizador que pudiera llevar junto al cinturón. Me despedí con una sonrisa, amarga. Me fuí con pena.
