Archive for 28 octubre 2006

El oro de Augusto

octubre 28, 2006

La primera vez que estuve en Chile fue en diciembre de 1997.Faltaban pocos días para la Navidad, pero allí era verano. De hecho tengo un recuerdo muy claro del Viejito Pascuero, un señor con traje y gorro rojos, barba blanca y una bolsa de regalos, sudando la gota gorda en la puerta de unos grandes almacenes.

Me llamó mucho la atención lo polarizado que estaba el país en torno a la figura del dictador, que en ese momento era ya senador vitalicio. Sus partidarios eran más vehementes, que sus detractores, más cautos. Quienes le apoyaban me hablaban de él, creo yo, en un intento de lavar una imagen que ellos eran conscientes que fuera no era buena. “Hizo cosas muy buenas”, “nos salvó de la catástrofe” … Solamente un taxista me desvió un poco de la ruta para enseñarme un sitio donde se había torturado en los primeros meses del golpe, convertido ahora en un parque.

Mi estancia allí coincidió con una jornada electoral, en jueves, que de hecho derivó en un puente que me dejó cuatro días libres, que aproveché para salir de Santiago y viajar a al sur. No al sur-sur, no a las Torres del Paine, casi llegando a la Antártida. Me quedé a medio camino, en la llamada región de los volcanes. Lugar precioso, con sitios de nombres tan bonitos como el lago Esmeralda, imágenes como esa funeraria de la foto, cuyo nombre apenas se lee (“Los muermos”), y lugares tan curiosos como Puerto Varas, un pueblecito que era algo así como Cicely pero trasladado a Chile.

Me quedaba en casa de un señor que aunque tenía a su familia en Santiago, también tenía negocios en aquella zona, temas de leche, mantequilla, cosas de vacas en definitiva. Era una cosa extraña, el contacto lo había establecido a través de mi tío que había ido tiempo antes, y me lo recomendó. De hecho no iba invitado, estrictamente, porque aunque no mucho, pagaba, pero el hombre me trataba como si fuera de la familia.

La noche del viernes tenía una cena y me llevó con él. Era de los rotarios de la zona. Había unos 25 ó 30. Todos hombres. Fuimos a un caserón que parecía el motel de los Bates, abrió una señora que podría ser la abuela de Norman y pasamos a un comedor. Cenamos un estupendo asado, bebimos muy buen vino y excelente pisco sauer. Muchos de aquellos señores eran rubios con ojos azules, pero piel muy morena, curtida por el sol. La cena fue muy agradable, y todos se dirigían a mí con mucha cordialidad.

Casi al final de la cena me hizo uno la pregunta: “Jorge, aquí estamos entre pinochetistas, dinos, ¿por qué tiene Pinochet tan mala fama en Europa?”. Yo contesté deprisa, pero breve “los derechos humanos”. Hubo un murmullo, ” ah, eso”, me comentaron que sí, que claro que estaba muy mal eso de los desaparecidos, pero que en Chile, comparado con Argentina había habido muy pocos desaparecidos, que Pinochet había salvado al país del desastre, del comunismo, de Allende, y sobre todo, me remarcaron, “él es honrado, él no ha robado nada”.

Las cosas han cambiado. No muchos meses después de ese viaje, el antes gallardo general, tomaba el té con la señora Thatcher, y su defensa alegaba demencia senil. Aparecieron las pinocuentas, dinero en Suiza. Otras elecciones, casi diez años después proclamaban como presidenta a una mujer, hija de un torturado en esa dictadura y ella misma también detenida y luego exiliada. Ayer decían los periódicos que Augusto Pinochet había depositado en un banco de Hong Kong miles de millones en lingotes de oro.

A veces se cumple eso de “el que la hace la paga”.

Edito para añadir que ayer murió Pinochet. Aunque nunca fue juzgado acabó sus días de un modo que nadie hubiera dicho hace unos años. Sin poder salir de su país, ni de su propia casa, en arresto domiciliario. Seguramente no sea demasiado, pero es mucho más de lo que se ha conseguido con otros. Probablemente a sus víctimas, o a sus familiares, les parezca un castigo insuficiente pero los dictadores no suelen morir así.

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Eurodisney, otra visión

octubre 17, 2006

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En mi reciente viaje a Paris, pasé dos días en Eurodisney. La impresión general no es mala, ni mucho menos, pero las expectativas tampoco eran muy altas. Yo no soy un gran aficionado a este tipo de cosas, aunque cuando era pequeño me gustaban, claro, los parques de atracciones, y sobre todo las montañas rusas. No negaré que hay atracciones objetivamente interesantes, como esa de los Piratas del Caribe, una de Buzz Lightyear, o la que más me gustó, la que te metes en un carguero de Star Wars y te lleva luego a la mismísima estrella de la muerte. Y por lo que parece, a los niños, sobre todo a los más pequeños, también les gusta mucho. Y es que claro, tampoco es normal que estes cenando y aparezcan a saludar, Mickey, Chip (o Chop, no sé), Igor o Minnie. Y tiene un punto de encanto surrealista, sobre todo cuando captas que en algunos casos, el que está emocionado no tiene 3 ó 5 años, sino aproximadamente 35.
Sin embargo, hay algo inquietante allí, que se proyecta como una larga sombra. No tiene que ver con que sea escandalosamente caro, desde el hotel, hasta la entrada al parque o todo lo que hay dentro. Es otra cosa, es ese aire de falsa irrealidad. Es esa musiquilla meliflua que te acompaña a todas horas, o el terrible parecido (especialmente Main Street) con la ciudad del Show de Truman, con todo el mundo exageradamente sonriente.

Allí me pareció ver que ese sitio saca lo peor de uno mismo, del ser humano del siglo XXI. Como ejemplos, los tumultos y aglomeraciones para colocar en primera fila al niño desconcertado y hacerle una foto con Blancanieves o Mr. Smee, o ese grupo de cinco adultos, tres con la camiseta del Athletic, por cierto, que a pesar de los lloros y gritos desesperados del niño que iba con ellos se empeñaron en subirse, todos, a la vagoneta que te lleva en unos 2 m.15 s. por el cuento de Blancanieves.

Así que hay un lado oscuro, una sensación de irrealidad, que me pareció al final lo más interesante de todo. Y esta vez, la foto, aunque borrosa, captó verdaderamente la esencia del momento, el niño y el burro, abrazados, sonriente el niño, con cara de circunstancias el burro, un conjunto aturdidor pero poderosamente atractivo.

Domingo en Central Park

octubre 5, 2006

-¿Cuantas veces has estado en Nueva York?

-Seis o siete, ¿y tú?

-Una o ninguna


Después de esta introducción, que pretende ser un homenaje a Annie Hall, diré que tengo mucho que contar de mi único viaje a Nueva York, hace ya nueve años. Por ejemplo, de ese domingo por la mañana. Como los neoyorquinos de pro, y un montón de turistas, nos dispusimos a pasar un buen rato paseando por Central Park. Un sitio, en realidad, como toda la ciudad, que aunque no hayas visitado antes te resulta familiar. El recuerdo de Dustin Hoffman corriendo en Marathon Man, por citar solo un ejemplo, te atrapa de inmediato. Aunque por encima de todos, a mí, como a muchos, al pensar en Nueva York siempre me viene a la cabeza Woody Allen.

Aquella vez, dos días antes del viaje, vimos Manhattan para ambientarnos. Esa mañana habíamos alquilado un par de bicicletas. Mi mujer, que se había adelantado, volvió rapido “Ven, ven, corre”, “¿Que pasa?” “Que vengas, rápido”. Al llegar donde ella estaba vimos pasar a la pareja justo al lado nuestro. Son-Yi nos miró, él hablaba y gesticulaba como en las películas, vestía como en las películas, y pasó justo al lado con ese gesto nervioso que le caracteriza, y casi diría que evitando mirarnos. No le dijimos nada, después un breve debate, porque en realidad, a él -sobre todo a él- no sé si le hubiera gustado mucho que le interrumpieran dándole la vara sobre “how much we love you and your movies”. Siguieron, les seguimos a distancia durante un rato, la gente no les miraba, solamente algunos turistas se giraban. Al final hice esta foto, tan valiosa para mí como una hipotética mirando todos a la cámara con sonrisa tal vez forzada. Al fin y al cabo, me queda el recuerdo de encontrarme en el corazón de Nueva York al hombre que encarna su espíritu.