El oro de Augusto

La primera vez que estuve en Chile fue en diciembre de 1997.Faltaban pocos días para la Navidad, pero allí era verano. De hecho tengo un recuerdo muy claro del Viejito Pascuero, un señor con traje y gorro rojos, barba blanca y una bolsa de regalos, sudando la gota gorda en la puerta de unos grandes almacenes.

Me llamó mucho la atención lo polarizado que estaba el país en torno a la figura del dictador, que en ese momento era ya senador vitalicio. Sus partidarios eran más vehementes, que sus detractores, más cautos. Quienes le apoyaban me hablaban de él, creo yo, en un intento de lavar una imagen que ellos eran conscientes que fuera no era buena. “Hizo cosas muy buenas”, “nos salvó de la catástrofe” … Solamente un taxista me desvió un poco de la ruta para enseñarme un sitio donde se había torturado en los primeros meses del golpe, convertido ahora en un parque.

Mi estancia allí coincidió con una jornada electoral, en jueves, que de hecho derivó en un puente que me dejó cuatro días libres, que aproveché para salir de Santiago y viajar a al sur. No al sur-sur, no a las Torres del Paine, casi llegando a la Antártida. Me quedé a medio camino, en la llamada región de los volcanes. Lugar precioso, con sitios de nombres tan bonitos como el lago Esmeralda, imágenes como esa funeraria de la foto, cuyo nombre apenas se lee (“Los muermos”), y lugares tan curiosos como Puerto Varas, un pueblecito que era algo así como Cicely pero trasladado a Chile.

Me quedaba en casa de un señor que aunque tenía a su familia en Santiago, también tenía negocios en aquella zona, temas de leche, mantequilla, cosas de vacas en definitiva. Era una cosa extraña, el contacto lo había establecido a través de mi tío que había ido tiempo antes, y me lo recomendó. De hecho no iba invitado, estrictamente, porque aunque no mucho, pagaba, pero el hombre me trataba como si fuera de la familia.

La noche del viernes tenía una cena y me llevó con él. Era de los rotarios de la zona. Había unos 25 ó 30. Todos hombres. Fuimos a un caserón que parecía el motel de los Bates, abrió una señora que podría ser la abuela de Norman y pasamos a un comedor. Cenamos un estupendo asado, bebimos muy buen vino y excelente pisco sauer. Muchos de aquellos señores eran rubios con ojos azules, pero piel muy morena, curtida por el sol. La cena fue muy agradable, y todos se dirigían a mí con mucha cordialidad.

Casi al final de la cena me hizo uno la pregunta: “Jorge, aquí estamos entre pinochetistas, dinos, ¿por qué tiene Pinochet tan mala fama en Europa?”. Yo contesté deprisa, pero breve “los derechos humanos”. Hubo un murmullo, ” ah, eso”, me comentaron que sí, que claro que estaba muy mal eso de los desaparecidos, pero que en Chile, comparado con Argentina había habido muy pocos desaparecidos, que Pinochet había salvado al país del desastre, del comunismo, de Allende, y sobre todo, me remarcaron, “él es honrado, él no ha robado nada”.

Las cosas han cambiado. No muchos meses después de ese viaje, el antes gallardo general, tomaba el té con la señora Thatcher, y su defensa alegaba demencia senil. Aparecieron las pinocuentas, dinero en Suiza. Otras elecciones, casi diez años después proclamaban como presidenta a una mujer, hija de un torturado en esa dictadura y ella misma también detenida y luego exiliada. Ayer decían los periódicos que Augusto Pinochet había depositado en un banco de Hong Kong miles de millones en lingotes de oro.

A veces se cumple eso de “el que la hace la paga”.

Edito para añadir que ayer murió Pinochet. Aunque nunca fue juzgado acabó sus días de un modo que nadie hubiera dicho hace unos años. Sin poder salir de su país, ni de su propia casa, en arresto domiciliario. Seguramente no sea demasiado, pero es mucho más de lo que se ha conseguido con otros. Probablemente a sus víctimas, o a sus familiares, les parezca un castigo insuficiente pero los dictadores no suelen morir así.

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