Archive for 28 febrero 2007

Nada

febrero 28, 2007

Siempre me ha gustado mucho nadar. Nadar en el mar sobre todo, aunque es difícil, especialmente si hay oleaje, o corrientes. De hecho me gusta mucho bañarme en el mar, aunque a veces la playa sea un poco agobio. De pequeño, y ya mayorcito también, iba a un sitio magnífico con una piscina de agua salada, lo mejor de ambos mundos. Agua de mar y piscina. Cuando subía la marea entraban las olas, y aún tengo una marca en un costado de un revolcón que me dio una.

Ahora sigo nadando, voy a menudo a una piscina. Intento ir al menos una vez a la semana, aunque dos o tres sería mucho mejor. No me gusta el olor que se me queda en la piel, aun después de haberme duchado. Pero nadar lo compensa. Meterse en una piscina y hacer largos durante veinte o treinta minutos es un ejercicio curioso. Estas ahí solo, mirando a un lado y a otro con un gorro que aprieta pero no ahoga y con esas gafas de marciano, no sabes muy bien qué pensar, si contar largos, si cantar una canción, sobre ese recado que tienes pendiente, o qué poner en el blog. Ya he previsualizado un par de temas en la piscina.

Hay varias películas donde las escenas de piscina son importantes. Recuerdo en Azul, a Juliette Binoche saliendo del agua sobresaltada, o esta cuyo cartel he puesto, El nadador, con un extraordinario Burt Lancaster que iba recorriendo las piscinas del condado. Una película muy recomendable, y un gran actor, que desde sus papeles de malabarista en joyas como El halcón y la flecha o El temible burlón a sus papeles de madurez en El gatopardo, Novecento o Atlantic city, es una de las presencias más imponentes de la historia del cine.

El maravilloso mundo del fútbol infantil

febrero 25, 2007

En los Estados Unidos son famosas las llamadas soccer moms, que acompañan a sus hijos a los entrenamientos y partidos. Aquí como el modelo monoparental aunque extendido no es la regla general, vamos a referirnos -al menos en el título- a los verdaderos protagonistas, los niños. Cuando yo era pequeño jugaba en un equipo del colegio. No recuerdo que me vinieran a ver nunca mis padres, ni los de los demás. No había ese componente actual de mega show para toda la familia.

Mi hijo mayor es futbolero. Hace poco ha cumplido siete años, aunque creo que hasta los cinco o así no empezó a interesarse. Nunca fuí de esos padres que tratan, apenas empieza a andar, de inculcarle el vicio. Como en casi todo, pensé que lo mejor era que fuera él el que decidiera el momento de subirse al carro, si es que ese momento llegaba. Después de Navidades, casi de un día para otro, llegó el momento. Fichaje de invierno. En el poco tiempo que llevo en esto he aprendido que hay una cierta irregularidad en los resultados: 1-8 (en contra), 0-13 (a favor), 4-6 (a favor), 0-3 (en contra), 0-3 (a favor) 1-3 (en contra). Visto así responde a una lógica, ganamos fuera, perdemos en casa. Y a una premisa: en el fútbol infantil no hay enemigo pequeño, o mejor dicho no hay enemigos, y todos son pequeños.

El efecto colateral de todo esto es que mis sábados por la mañana quedan hipotecados, al menos en época de partidos. Tampoco es que hiciera nunca nada del otro mundo, y siempre nos podemos turnar, o aprovechar la mañana si juegan pronto, pero esa es la sensación que predomina. Y luego ejemplos concretos más dramáticos. El sábado pasado por ejemplo, madrugué, me levanté antes de las ocho de la mañana para ir a jugar, o a ver jugar, bajo una lluvia torrencial. Por suerte jugábamos fuera, así que ganamos 0-3. Yo, bueno él, metí el primer gol.

Tirones y guardones

febrero 12, 2007

Hay una canción que cantan Ella y Louis titulada Let’s call the whole thing off, cuya letra explica el sentido de este texto. Yo digo tomeito y tú dices tomato, yo digo poteito y tú dices potato. A mí me gusta dormir con la ventana cerrada, aunque haga calor, mi mujer prefiere dormir con la ventana abierta. En el coche no me gusta poner el aire acondicionado, prefiero abrir la ventana. Mi mujer lo enciende a la que me descuido. Yo soy de carne y fruta, ella de pescado y verdura. Pero eso son cosas superfluas, detalles. Lo importante lo diré ahora. Yo soy guardón, ella tirona. Yo desciendo de guardones, mis padres, los dos, lo son, así que es lógico que yo también lo sea. Los guardones no tiramos nada, más que a regañadientes, o cuando un tirón, o en este caso una tirona, nos achucha. Guardo cosas más o menos normales, como revistas, aunque creo que en más cantidad de lo que pueda considerarse normal, y otras no tan comunes, apuntes que seguro que nunca volveré a mirar, recuerdos de viajes, recortes de periódico (ahora solo antiguos, porque lo que tengo es una inabarcable carpeta de favoritos) y un montón de cosas más. El armario de un guardón se reconoce porque al fondo está lleno de cosas que no se pone, pero tampoco tira. El mío tiene un doble fondo, donde escondo piezas indultadas, como en las fallas. El de mi madre es un repaso a la moda de treinta o cuarenta años. A los guardones no se nos valora en nuestra justa medida.

El de la foto es Dan Quayle, ex vicepresidente de los EEUU, que trataba de convencer al niño William Figueroa -totalmente desconcertado-, de que faltaba algo a la palabra potato, en concreto una e al final. A lo mejor estaba pensando en la canción.Creo que es hora de ir a hacer una limpieza. O quizás mejor espero a la primavera.

 

Puente aéreo

febrero 4, 2007

En cinco años he ido dos veces a Madrid. En un mes tengo que ir cinco o seis veces. A veces no hay equilibrio. Estos días me he acostumbrado a hacer viajes de un día, de ida y vuelta. A mí me gusta viajar, y me gusta volar. Supongo que es porque no tengo que hacerlo cada semana, pero me gusta ir a un aeropuerto, incluso estar sentado esperando, siempre que no haya mucho retraso, claro. Estos días he descubierto que incluso me gusta recorrer la T4. Pero encuentro estúpidas y excesivas todas estas nuevas medidas de seguridad, especialmente las más recientes. De entrada, ya me he dado cuenta que en Madrid me tengo que quitar el cinturón, y en Barcelona no. El otro día volvía sediento, había comprado un botellín de agua, y me lo tuve que acabar al lado del detector de metales. Encima el escaner detectó que llevaba líquidos en cantidades no toleradas. Abrí la pequeña maleta que llevaba, y el neceser exiguo, con lo mínimo por si me tenía que quedar a dormir. No aparecieron las grandes cantidades que detectó el escaner. Con displicencia y algo de fatalidad -“a veces esto se equivoca”- me dejaron ir. Esta mañana, por error abrí una cremallera -esa pequeña maleta está llena de cremalleras-, y de un doble fondo salieron para mi sorpresa unas cuantas muestras de gel, champú, acondicionador y no se qué más. Incluso una pasta de dientes, italiana, lo que me permitió deducir que llevaba allí desde julio de 2005 (la pregunta ahora es ¿caduca la pasta de dientes? ¿mantendrá el frescor?). En fin, volviendo al control de seguridad, supongo que tengo cara de bueno, y por eso no se les ocurrió mirar más o mejor. Era más fácil echar la culpa al escaner. Ya lo tenía claro, pero ahora más. Tanta parafernalia, tanta nueva medida. Todo eso no sirve para nada.