Archive for 26 junio 2007

Venecia, de fábula (II)

junio 26, 2007

(viene del capítulo anterior)

 

Así que con referentes como los señalados, entre otros muchos, en mi aproximación a Venecia tenía buenas expectativas, que se cumplieron sobradamente. La llegada ya es espectacular. Mientras desciendes ves toda la laguna, en cuando te bajas del avión te vas a coger un taxi que es una lancha, que obviamente va por el agua -lo mismo si optas por el transporte público, un vaporetto– . Además con la gracia de viajar un viernes, que tiene siempre esa cosa tan gratificante que da pensar “esta mañana he ido a trabajar y ahora estoy cenando pizza en una terraza veneciana”. También es verdad que creo que aunque hubiera ido a Lieja, por citar una de las ciudades más feas que recuerdo, hubiera estado contento.

Venecia es una ciudad con mucha gente mayor, sus habitantes, y con muchos turistas, de edades diversas. Estos se concentran especialmente alrededor de la Plaza San Marcos. Calles atestadas de gente, con desvíos que dan a canales vacíos. Muchos americanos. Creo que más que en todo Wichita. Es una ciudad llena de gente que va con maletas de un lado a otro, porque los coches no entran, y tienes que andar acarreándolas, mucho o poco, depende donde te deje el vaporetto, la lancha-taxi, o la góndola. O el tren si llegas por esa vía.

No es tan cara como uno pudiera creer, al menos no lo es si vas desde Barcelona. Los helados mayormente a un euro, precio por el que aquí no encuentro en ningún lado. Las pizzerias y trattorias más baratas, o al menos no más caras, y desde luego más auténticas. Eso sí, prohibitivo y hasta cierto punto absurdo, tomarse algo en la Plaza San Marcos. Un poquito más allá, en el Campo de San Stefano se está mucho mejor.

Y luego, los lugares comunes. El paseo en góndola, topicazo para turistas y todo lo que querais, pero vale la pena. Luego están los puentes, el de Rialto, el de la Academia o el de los Suspiros son los más famosos, pero hay muchos más, cerca de 500. Hasta Calatrava va a hacer uno, según parece. El Puente de los Suspiros está dentro del Palacio Ducal, y comunica la sala de juicios con las mazmorras. Los suspiros los daban los condenados, claro. Me parece más interesante lo que se ve desde dentro -imaginando que no hubiera turistas- que desde fuera.

Mi recomendación es tomarse las cosas con calma, resignarse a los momentos inevitables de estar rodeado por una multitud en bermudas y sandalias, y disfrutar de todo lo demás. De los canales solitarios, o de las plazas un poco sucias y desconchadas, pero con un encanto fuera de toda duda. Lo cierto es que es todo tan bonito que confieso haber caído víctima de los dos síndromes que definen al turismo del siglo XXI, el de Stendhal, que viene de lejos, y el de Nikon, más reciente.

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Testigo de cargo

junio 19, 2007

Billy Wilder es uno de mis directores favoritos. Por su versatilidad, y sobre todo por su estilo ágil, directo, mordaz. Toca varios palos y todos ellos bien. Desde el clásico noir, con Perdición, a la comedia alocada de Con faldas y a lo loco, la más agridulce de El apartamento, o el drama clásico que es El crepúsculo de los dioses. También hizo una incursión en una película de intriga, un drama judicial. Testigo de cargo, basada en una obra de Agatha Christie, y de la que uno recuerda siempre su final sorpresa, ya no con uno sino con dos, o hasta tres, giros consecutivos.

Al acabar la película se pide al espectador que por favor no comente el final. O sea que si no la has visto, no seas cotilla y no sigas leyendo. Aunque también es cierto que yo recordaba el final, pero la he disfrutado igual. Hacía tiempo que no la veía, la he recuperado hace unos días y me ha gustado mucho. Ritmo y agilidad en el guión, y excelentes actores.

Billy Wilder lleva a su terreno la trama ideada por la señora Christie. En algunas escenas se intuye esa mala leche wilderiana, como en el diálogo inicial donde el abogado gruñón le dice a la enfermera eso de si hubiera sabido que ella hablaba tanto no se hubiera despertado del coma. Ella, magnífica, es Elsa Lanchester, esposa en la vida real de Laughton, y ciertamente, sus escenas son dignas de un matrimonio de esos que llevan toda la vida juntos, que discuten todo el rato, que gruñen, pero que no pueden estar separados.

En cuanto a los actores, me ha gustado incluso Tyrone Power que en general no me entusiasma, y aquí hace un buen papel, sobre todo cuando se mesa los cabellos desesperado y clama su inocencia. Laughton está soberbio. Vaya actorazo. Y la Dietrich para mí es lo mejor de la función. Tanto en ese flashback berlinés, como en la visita a Sir Wilfred como en sus apariciones en el estrado.

Desde la escena inicial de presentación, con un plano de la sala de juicios, y esa música solemne e intrigante, se advierten hechuras de clásico, sin adornos innecesarios, sin frivolidades de cara a la galería. Estilo simple y directo y casi 100 minutos de entretenimiento de nivel.

Venecia, de fábula (I)

junio 13, 2007

Venecia es una de esas ciudades que hay que ver. Y yo no la había visto. Solamente de lejos, en películas, libros o comics. Uno de mis favoritos es este de Corto Maltés, esa Fábula de Venecia que tiene ese aire mágico de todas las historias de Corto y de la propia ciudad. Pero mis referentes ya  venían de antes. De pequeño leía entre otros al Corsario de Hierro, una tercera vía entre el Jabato y el Capitán Trueno, que seguía el mismo esquema de héroe guaperas, amigo fornido, por no decir gordo y fuerte, aquí Mc Queen el escocés, y tercero complementario, en este caso un italiano llamado Merlini, más cercano a Fideo de Mileto que a Crispín. La Bianca del Corsario, equivalente a Claudia o Sigrid, era una dama veneciana, así que varias historias tenían a Venecia como escenario.

Y tenemos el cine, claro. Aparte de la viscontiana Muerte en Venecia, pasar por aquí es obligado para todo héroe que se precie, como Indiana Jones, y su padre, o, que coincidencia, James Bond (Moonraker o la reciente Casino Royale).

Luego está la literatura. Desde Shakespeare y su Mercader, pasando por el libro de Thomas Mann en que se basa la película de Visconti, al reciente Comisario Brunetti, al que no tengo el gusto de conocer, pero del que tengo buenas referencias.

Resumiendo, que tenía ganas de ir, que es de esos sitios que uno más o menos conoce aunque nunca haya estado, y que es de esa cosas pendientes hace tiempo. Pues al final estuve en Venecia. La semana pasada.

(continuará)

Autolavado

junio 11, 2007

La verdad es que no cuido nada mi coche. Hay gente que está todo el día limpiándolo, y me estoy refiriendo a gente corriente, ya ni hablo de los fanáticos del tunning y cosas de esas. Aunque no lo cuide, hay cosas que me molestan, como esas pequeñas abolladuras que aparecen de vez en cuando, o como hace unos días que dando marcha atrás le dejé marcada la señal de un poste bajo y traicionero.

Hablo sobre todo en tema limpieza. Cerca de casa hay varias obras, así que no dura limpio demasiado tiempo. Encima, como pasó el otro día, a veces llueve barro. Ríete de las plagas bíblicas. Lo peor es dentro. Delante la cosa está mal. Dependiendo de la hora, con el sol reflejado a contraluz el salpicadero parece escenario de una película de John Ford.

Peor aún es la parte de atrás. Está llena de plásticos, plastiquitos, papelitos, envoltorios varios y una diversidad de migas que estoy por proponer que la declaren reserva de la biosfera, o zona natural, o catastrófica. Por eso, y pese a que es algo que me sigue pareciendo curiosamente interesante, estar dentro de un coche mientras los rodillos se abaten por todos lados, ahora no basta lavarlo en el túnel, pues se hace solamente por fuera.

Por supuesto, descartamos lo de la manguera de gasolinera, que no tiene mucho secreto, es barato, pero al salir ni siquiera parece que hayas llevado a limpiar el coche. Te lo deja en un estado de “no me avergüenzo de que este sea mi coche”, que para ir tirando no está mal, pero tiene varios problemas. Solamente se refleja en el exterior (y como todo el mundo sabe, el interior de las cosas es lo que realmente importa), y uno nunca acaba de estar bien seguro de usar las fases del programa de manera correcta. Los que uso yo son de ir cambiándolas manualmente, y nunca me parece que lo haya hecho del todo bien.

Así que en la fase actual sigo lavando poco mi coche, pero al menos de vez en cuando lo lavo a conciencia. Ahora lo llevo a un sitio donde hacen el lavado completo, por dentro y por fuera. Luego lo recojo, y huele tan bien que no abro ni las ventanas (además queda como un pegote luego). No piso en las ahora suaves alfombrillas. Hay un papel con un zapato dibujado. Eso dura poco, hasta el día siguiente, o ni siquiera tanto, pero en ese tiempo soy un tío orgulloso de su coche, de su coche limpio.

AVE

junio 1, 2007

El AVE es un tren con nombre de saludo romano que por la cortedad de miras de nuestra clase política sigue sin enlazar Madrid con Barcelona. Pero de momento llega a Tarragona, que ya es algo. En concreto a la estación del Camp de Tarragona, que como su propio nombre indica está en medio de ninguna parte, al lado de algo que parece la famosa petroquímica. De esa estación tuvimos noticia cuando salió a la luz un conflicto entre taxistas de los pueblos cercanos, por ver quien se quedaba con la exclusiva para recoger a los pasajeros. Muy típico.

El otro día fui en AVE a Madrid. Dos horas cuarenta minutos desde Tarragona. Una gozada. El primer tramo a Lleida, en media hora justa. Luego un rato más a Zaragoza, y antes de que te des cuenta ya estas en Atocha. Por más que el acceso en metro a Madrid desde Barajas esté muy bien, no es lo mismo llegar y plantarte en Recoletos en un momento. De mi casa a la estación tardé una hora más o menos, lo que eleva un poco la duración del viaje, pero comparado con los retrasos de los aviones y los controles absurdos de los que ya hablamos un día, convierte el viaje en muy cómodo. Ya no digo nada cuando llegue a Barcelona.

La clase preferente no es mucho más cara que la turista, y sí mucho más cómoda. Además, regalan 48 horas de parking. Te atienden bien. Primero te dan frutos secos y refrescos, luego de merendar, y además prensa a discreción. Encima, buena parte del camino lo hicimos solos en el vagón. Oteando un poco, el vagón de al lado también parecía vacío. La cosa tenía un aire al pasillo de El resplandor. Y en verdad, parecía que estábamos en una escena de película. El tren fantasma podía haberse llamado.