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Kafka en la AEAT

mayo 20, 2008

Llevo unos días enredado en gestiones que me han recordado los peores tiempos de Kafka y su Josef K. -o del Anthony Perkins de la foto en la película de Orson Welles-. Resulta que otra administración tenía que pedirle a la Agencia , vamos a llamarla así a partir de ahora, que le enviara un informe sobre mí, según el cual yo estaba al corriente de mis obligaciones fiscales. Yo, que soy tan pobre que no tengo ni deudas, como suele decir mi padre, no dí más importancia a ese trámite. Resulta que el tal informe resulta desfavorable. Oh, sorpresa. Voy a mi Agencia más cercana. Compro un impreso para que me hagan un certificado, me dicen que efectivamente, no estoy al corriente. Me pongo en cola y me atiende A. Me dice que debo, ¡oh! 1.90 euros. No sabe decirme de qué, pero lo debo. Que cuando pague me hará el certificado de estar al corriente. Ya ni me molesto en discutir, saco el monedero y voy a pagar. Me dicen que no, que allí no puedo pagar. Salgo de la Agencia, cruzo la calle, voy a un banco, pago, vuelvo, vuelvo a hacer cola, me atiende otra persona, B a la que le digo lo mismo que a A, y que necesito ese certificado, que tengo que presentar a la “otra” administración -se ve que eso de pedírselo entre ellas lo hacen una vez, luego ya no sirve-. Me quedo con la duda, porque A me había dado a entender que lo hacía en el momento. Lo necesito además en pocos días, porque si no, me caduca el plazo. B dice que lo mandan a casa, que en el acto no lo hacen. Digo que prefiero pasar yo a buscarlo, que Correos en mi zona va muy mal. Me mira con cara de desgana y me dice que bueno, que como excepción. Digo que pasaré al cabo de unos días. Tres días después vuelvo. Me atiende otra persona, C. Me dice que qué quiero, le explico mi historia, me dice que eso no puede ser, que eso sale automático por correo, que quien me dijo que podía pasar a buscarlo. Señalo a B dos cabezas más allá. Afortunadamente, no se molesta en comprobar mi coartada, porque estoy seguro de que B lo habría negado todo. Por suerte, C me cree -al fin y al cabo, decía la verdad-. Busca en una pila y aparece mi impreso con la solicitud del certificado, sin mención alguna de que iba a ir a buscarlo. ¡Me lo hacen allí mismo y al momento!. Yo pienso, vaya eso lo podían haber hecho ya el otro día. Sonrío y me voy. La historia no acaba aquí. Tres días después tengo que volver porque la persona que tenía que presentar ese certificado ¡lo ha perdido!. Ya entro directo, conozco las ventanas y ventanillas, los impresos que tengo que comprar. Hablo un poco con el que los vende, y me recomienda un libro de Philip K Dick, Eye in the sky, me dice, que inspiró una canción de … Alan Parsons, completo yo. Me sonríe, he hecho un amigo en ese mundo hostil. Vuelvo a la cola. Me sitúo más o menos estratégicamente, pero no puedo elegir, hay un turno que va pasando. Me toca B. No me arrugo, porque ya sé cómo jugar. Le digo con aplomo y sin ofrecer señal alguna de duda que me haga ese certificado, que es un momento. Llevo toda una historia preparada de qué hago yo allí pidiendo el mismo certificado que hace tres días. Pero decido que paso de historias y voy al grano. Quiero ese certificado ahora mismo. B dice que no puede, le digo que sí, que ellos pueden. Me acuerdo de Obama. Yes you can, nuevo lema de la AEAT. Consulta con C. Yo me acuerdo de ellos, perfectamente, ellos no se acuerdan de mí. Mejor. Adopto un tono entre sonriente y suplicante. Pero sobre todo seguro. Yo sé que ellos pueden. Y si ellos saben que lo sé, he ganado. Esta vez todo el trámite no me lleva más de cinco minutos. Salgo con el certificado en la mano y ya en la calle levanto el índice señalando al cielo y dedicando mi victoria a todos los Josef K. de este mundo.

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