Memoria

Hoy me he encontrado a un señor que estaba muy despistado. Se ha puesto a hablar conmigo, y he visto que se había perdido, desorientado. Su conversación era coherente, podía seguir perfectamente el hilo de la conversación, pero en algún momento aparecía algún detalle. Le he llevado en coche a la estación, donde me decía que estaba su familia, luego ví que no era esa la estación que él decía. Así que nos sentamos en un banco, le pregunté si tenía algún teléfono al que llamar, me dijo que no, pero luego sacó una carterita y lo encontramos. Llamé, salió su hija, y me dijo que venía enseguida. Yo hablaba con él, era afable, me dijo su nombre, que tenía 80 años, y algunos otros detalles de su vida. Llegaron la hija y la madre, la esposa de este señor, que lo primero que me dijo fue que les fallaba la memoria -a los dos-. La hija, con paciencia y resignación, le preguntó al padre que donde había ido, que había dicho que iba al contenedor a tirar la basura, y había pasado más de una hora. Él contestó que había empezado a caminar. No era la primera vez que lo hacía, antes llevaba una pulsera, pero le molestaba y se la quitaba, esperaban ahora una especie de localizador que pudiera llevar junto al cinturón. Me despedí con una sonrisa, amarga. Me fuí con pena.

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2 comentarios to “Memoria”

  1. elopositor Says:

    Muy tristes estos episodios. A mí este tipo de cosas me han pillado de cerca y es durísimo, sobre todo cuando te das cuenta de que esa persona ya no te reconoce. Pero más que nada cuando notas que va perdiendo la memoria poco a poco y que no puedes hacer nada.

    Y que no haya una vacuna para ésto…

  2. tacitus Says:

    Yo no lo he vivido de cerca, pero sí, tiene que ser muy duro. Y además muy triste.

    Es curioso, porque en cuatro días me ha pasado la cara y la cruz. Ayer estaba buscando una dirección, iba en coche, me paro a preguntar. Un señor mayor me dice que si me lleva me indica. Nunca me había pasado esto, y en cuatro días llevo a dos señores mayores al lado mío. El del otro día y el de ayer. Un señor de 86 años, en plena forma, muy bien de cabeza, que me enseñó hasta su dentadura, orgulloso como estaba de ella, y que no me soltaba la mano cuando nos despedimos porque me seguía explicando entusiasmado cosas que hacía y había hecho.

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