Archive for 20 abril 2009

De instrucciones y etiquetas

abril 20, 2009

Los manuales de instrucciones me producen cierta fascinación. En ocasiones incluso he guardado algunos que no hacían falta -pues su versión española iba en cuadernillo aparte-, con la vaga idea de ponerme a aprender nederlandés o suomi simplemente comparando con su traducción. Como puede verse en la etiqueta de arriba, las traducciones no son siempre muy fiables, aunque de eso hablaré luego.  Ahora estaba con los manuales. Aparatos electrónicos más o menos sofisticados tienen larguísimos manuales, en los que muchas veces lo obvio está explicado de manera excesivamente detallada, y lo que interesa ni si quiera se menciona. A veces parece que en un producto se gastan la pasta en la maquinaria interior, en el diseño exterior, en el embalaje y luego en la publicidad y que no dejan ni una parte ínfima del presupuesto para las instrucciones. A veces parece que el que las redacta tiene odio laboral dentro, odia a su empresa y a los que le obligan a hacer ese trabajo, además sin pagar -“no llega el presupuesto”, le dicen-. Solamente así se puede explicar lo malas que suelen ser.

Para lavar la ropa hay que seguir un manual de instrucciones que está concentrado en la etiqueta. Unos símbolos presuntamente universales pero que pese a todo aún no he conseguido nunca acabar de descifrar. Casi me manejo mejor leyendo jeroglíficos egipcios. Ayer reparé en esta etiqueta. Es de una especie de cojín cilíndrico con el escudo del Barça. Con unas bolitas blancas muy pequeñas y pegajosas en su interior. No está muy bien cosido, así que ya ha habido algún escape, y esas bolitas ínfimas se quedan pegadas a los dedos. No se puede luchar contra ellas. Intenté hacer caso del refrán, pero unirse a ellas tampoco es muy práctico, la verdad.

El caso es que reparé en esa etiqueta, prodigio de síntesis e instrucciones contradictorias, sobre todo si uno sabe idiomas. A saber lo que pondrían si estuvieran en suomi o nederlandés. En fin, pensaba que sabía inglés, pero he descubierto que no.  “Lavar a mano y secar al aire libre” se dice “do not wash”. Eso sí, al menos tienen el detalle de avisar: cuidado con las bolitas interiores. Luego está el tema de los jeroglíficos. Hay seis signos infames y misteriosos, de los que alcanzo a entender el de lavar a mano, y el de no planchar (cosa difícil tratándose de lo que se trata). Los tres de la derecha me parecen especialmente enigmáticos. Los veo ahí y parece que me estén retando, así que he tomado medidas drásticas. A grandes males, grandes remedios. De momento he cortado la etiqueta. Intentaré llegar a un acuerdo amistoso con las bolitas interiores.

99

abril 14, 2009

Suele pasar. A veces uno no sabe de qué hablar y acaba recurriendo al refrito. En algunas series lo hacían de vez en cuando. Una especie de Best of, o un capítulo hecho con trozos de otros capítulos. En grupos musicales, el Best of suele ser mala cosa. O ya no sacan nada, o ya no sacan nada que valga la pena. Yo ya hice mi propio refrito, y lo llamé El ombligo. Eso me cierra esa puerta. Un segundo ombligo en poco más de tres meses revelaría una falta de recursos alarmante. Así que tengo que pensar otra cosa.

El 99 quizás. Así, como efemérides. Hemos llegado a 99. Bien, bravo. Cuando empecé en esto, escribiendo sobre Paris desde el río (bueno, vale, stop refritos) recuerdo haber leído que la gran mayoría de los blogs no llegaban a los dos años. También recuerdo haberme propuesto no quedarme por el camino. Así se escribe la historia, si me hubiera quedado por el camino hubiera olvidado la segunda parte de mi recuerdo, y me hubiera quedado solamente con la primera.

Me gusta el 99. Es mi apellido, seguro que algunos no lo sabéis. Tacitus99, como Johnny 99, los 99 red balloons, el número de Wayne Gretzky o Espacio 1999. Un número que tiene gracia, no lo vamos a negar. Después de él ya cruzas el límite, la frontera del 100. Palabras mayores. He tenido algún pariente que ha llegado a los 100 años, y los ha sobrepasado. A mí de pequeño me leyeron la mano y me dijeron que tenía la línea de la vida muy larga, que viviría 123 años. Todo lo que no sea llegar a esa cifra supondría una decepción, incluso si me quedara en 99.

Epílogo: Usando esa función del contador de palabras, me hubiera gustado escribir 99 palabras, pero los malditos refritos me han disparado las cifras. Ahora no sé si estaba hablando de esto o del colesterol. Y al fin y al cabo, demasiada simetría no es buena. Ah, y una confesión lo de Gretzky lo ví buscando una foto con un 99. Pensé que le daría más credibilidad a la historia.

La música del adios

abril 1, 2009

Hace poco me leí el último libro de Ian Rankin protagonizado por el inspector John Rebus. El último, y parece que definitivo. De hecho el tema principal de la novela, al margen de la correspondiente investigación, es la jubilación de Rebus. No es casual que al empezar, como siempre dando fechas exactas que sitúan el caso en un momento muy concreto, mencionen la muerte de Jack Palance, y luego la de Pancho Puskas, que formó parte de un equipo cuyo nombre no recuerdo que impactó en Escocia, con una exhibición en Hampden Park allá por 1960 goleando 7-3 al Eintracht de Frankfurt . Todo eso representa, como la jubilación misma, el fin de una época. Hay una cierta melancolía durante todo el libro, pero eso no es un demérito, solamente una característica. “Otoño, Edimburgo, se acerca el final de la carrera del inspector Rebus …”. Así empieza.

Rebus responde al arquetipo de policía de novela. Gente que va un poco a la suya, buenos compañeros, pero con un punto de outsider, siempre un poco al margen, con jefes que a veces les comprenden y apoyan pero que cuanto más arriba están más inútiles se presentan. Tienen sus propios códigos, que son los que respetan. Al margen de eso, cada uno de ellos tiene unos rasgos distintivos. En Montalbano, la comida y el tiempo, siempre muy presentes y capaces de marcar el humor del comisario. En el caso del griego Jaritos, el insufrible tráfico de Atenas a bordo de su Mirafiori y sus diccionarios.

Rebus trabaja en Edimburgo, bebe bastante y fuma demasiado. Pero lo que le distingue es por encima de todo su carácter melómano. La música siempre está presente, llega a casa y se pone un disco. En este último libro incluso lleva reproductor de CD en el coche. Se decanta por el rock clásico, especialmente grupos de finales de lo sesenta y primeros setenta. A veces suceden cosas como descubrir un cadáver -o lo que queda de él- y no saber si lleva ahí 20 años o 40, y a parecer Rebus, advertir que lleva una camiseta del Some girls de los Stones, y por tanto calcular la época aproximada de la muerte. Incluso, los títulos de sus novelas son o suelen ser de canciones, o quizás álbumes. Let it bleed o Black & Blue, por ejemplo. También The hanging garden, de los Cure o Dead Souls de Joy division. En mi exhaustivo trabajo de documentación para escribir esta entrada leo que Exit Music título original de La música del adios es en honor a una canción de Radiohead.

Echaremos de menos el Oxford, a Rebus, su compañera Siobhan, los patólogos forenses, Big Ger Cafferty, su perenne enemigo por el que siente una fascinación casi enfermiza y toda una pléyade de personajes que como en toda serie que se precie, uno acaba conociendo y espera siempre su aparición, aunque sea fugaz. Aquí, uno que piensa como yo.