Archive for 30 junio 2009

Los padres de los otros

junio 30, 2009

Una de las cosas que le pasan a Uno con la edad es que Uno además de ser quien es, se convierte en el padre de otro. Así para mucha gente, de edades y tamaños variados, yo soy el padre de … Como otros muchos son para mí los padres de … Hace poco llamé a casa de un vecino para avisarle de que se había dejado la ventana del coche bajada. Me abrió una niña, que va a clase con mi hijo, y nada más verme se gira y grita “es el padre de Kevin” (es obvio decir que mi hijo no se llama Kevin, pero por temas de discreción, y sobre todo no preocuparme por mis contraseñas de internet, los llamaremos Kevin y Jonathan, respectivamente, aunque Jonathan no tiene en este momento aparición alguna prevista en esta historia). Como decía, Uno entra en contacto con un mundo curioso. El de los padres de los otros. Dejo de lado la vertiente agradable, que la hay. Es bueno encontrar gente con la que puedes hablar tranquilamente un buen rato, o incluso llegar a invitaciones recíprocas a comer o cenar. Me centro en los otros padres de los otros. Los que dan juego. Esos que no te saludan nunca -ni devuelven el saludo, quiero decir-, o que cuando te diriges a ellos por alguna razón prosaica -suelen recaudar dinero para regalos colectivos para algún niño, o para la profesora, por ejemplo- te miran como si te vieran por primera vez. Donde se destapan las caretas es en las reuniones de padres. Esto acaba siendo como todo, al final casi ya ni vas porque ya sabes lo que te van a contar. Pero el público sí ofrece espectáculo. He visto padres (entiéndase que uso esta expresión todo el rato refiriéndome indistintamente a padres y madres) que parecen gente sensata, con los que comentas cualquier cosa cuando te encuentras, gente agradable en la conversación casual, que en las reuniones de padres bajan las defensas. Por supuesto, son la excepción, pero son suficientemente numerosos -mi experiencia así me lo indica- para considerarlos una categoria propia. Hacen preguntas peregrinas, fiscalizadoras hasta extremos sorprendentemente inquisitivos -¿de verdad quiere usted saber con tanto tanto tanto detalle lo que hace su hijo desde la hora de comer hasta que vuelve a clase? ¿no le basta una explicación genérica, y suficientemente descriptiva?- y otros comportamientos poco edificantes. ¿Quiere usted apagar el móvil antes de empezar, maleducado?, ¿quiere dejar de hacer comentarios en voz alta?. Suerte que no se venden palomitas antes de esas reuniones.

La verdad, da para bastante esto de los padres de los otros. Pero me tengo que ir, que ya voy un poco justo. Esta noche llevo a Kevin a un concierto, a un peaso concierto. A Jonathan -como los buenos goleadores, aparece donde menos se le espera- lo dejo a dormir en casa de una niña -monísima- de su clase. Sus padres encantadores, por cierto.

Traje sin corbata

junio 15, 2009

Siempre he pensado que llevar un traje sin corbata era poco elegante. Supongo que porque nunca he tenido que llevarlo a diario, más bien de vez en cuando. A veces sí vienen momentos de necesidad en los que hay que ponerse el traje. Y fiel a mis principios, la corbata. Vaya por delante que yo soy de los que no se suelen quitar la americana ni en las bodas, cuando la mayoría de la gente ya se sienta en la mesa con los sudores del cocktail de aperitivo, y apenas llegar colocan la chaqueta en el respaldo. Yo no, yo aguanto. Solamente llego a ese punto sin retorno en momentos de calor extremo –nunca descartables en esta clase de eventos- y siempre después del café. La gente me pregunta si no tengo calor, y yo digo que no, y es verdad. El calor es un estado mental. Bueno, a veces. Esa frase no vale si el sol te está dando de pleno, o hay alguna otra circunstancia extrema. A la sombra y bien sentado no hay porqué achicharrarse. Luego a veces en el momento supremo del baile sí, hay que ceder, porque ahí el movimiento sí justifica quedarse sin chaqueta. También es cierto que si lo puedo evitar no bailo en las bodas. Aunque como en otras cosas, si empiezo, luego me quedo hasta el final. Por supuesto, la gente que se quita la corbata ya en la mesa me parece lo peor. Y si la agita por encima de la cabeza no digamos.

Así que volvemos al principio, a la gente sin corbata pero con traje. Últimamente he renunciado algo a mis principios. He decidido que se puede llevar traje sin corbata, y ser elegante. Supongo que la llegada del calor ha influido, y las más recientes tendencias relativas al declive de la corbata también. La chaqueta sirve para no congelarse con los aires acondicionados. Y por supuesto, hay unas normas.  No hay que llevarlo como si fuera uno de enero a las 10 de la mañana en la Puerta del Sol. Hay que llevarlo como si llevaras corbata, pero sin ella. Por supuesto, recien afeitado, duchado, y peinado. A las cinco de la tarde la imagen ya no es la misma, así que es recomendable no abusar, intentar no pasar de la hora de comer.

También es verdad que llevar un traje exige unos mínimos. No me considero un paladín de la elegancia, pero sí reconozco un traje que queda mal, y la clave de eso no está solamente en el corte, sino en el individuo.Y ya acabo, volviendo a los trajes y las bodas. El otro día estaba –fue mera coincidencia- en la puerta de una iglesia. Estuve allí un buen rato. Hacía sol, yo en bermudas y camiseta, iban llegando los invitados a la boda. Y sentí dolor. Ver esos trajes a las seis de la tarde, ver lo que eran en ese momento, un catálogo completo de trajes que lleva gente que nunca lleva traje -entre las mujeres había más variedad, toda la gama entre el bien y el mal-, y sobre todo pensar lo que sería aquello al cabo de un rato, con las corbatas puestas en la cabeza, y las chaquetas en el respaldo. Pensé que a Magritte no le hubiera gustado, así que me fuí a comprar un helado.

La zona Cesarini

junio 3, 2009

Hace unas semanas, en una de esas charlas que tiene con los lectores, alguien le preguntaba a Enric González si pensaba escribir algún día sobre Cesarini. Él preguntó si era el de la zona, y dijo que lo apuntaba. Me intrigó eso de la zona y Cesarini, y busqué un poco. Hace unos años me gustó mucho una serie titulada El partido del siglo, emitida en Canal plus dirigida por Elias Querejeta, y con participación activa de gente como Santiago Segurola y Jorge Valdano. La condición para estar ahí era que fueran ex jugadores (por eso no estaba Maradona, en ese momento aún semiactivo), y que estuvieran vivos.  No sé si Renato Cesarini (1906-1969) hubiera estado en una selección así en caso de haberse hecho un partido de la primera mitad del siglo, del siglo pasado, pero por lo que leo parece que sí. No tenía conciencia de haber oído hablar de él. Ahora estoy seguro de que sí, porque desde que reparé en él le he oído nombrar más de una vez. Sin ir más lejos, precisamente leo hoy a cuenta de la intromisión del señor Kaká senior en el fichaje de su hijo una frase que acuñó Cesarini y que parece que recuerda a veces Alfredo Di Stefano: “No hay peor cosa que bailarina con mamá y jugador con papá”.  Supongo que es una cuestión generacional, porque sí me sonaba gente con una trayectoria vital parecida a la suya, como Schiaffino, Ghiggia o Sivori, argentinos o uruguayos que triunfaron en Italia, pero todos ellos nacieron al menos un par de décadas después.

A juzgar por las numerosas referencias parece que ya lo sabía todo el mundo, menos yo. Cesarini se especializó en marcar goles en los instantes finales de los partidos, especialmente significativo fue uno con Italia, que dejó perplejo al periodista que bautizó el fenómeno como caso Cesarini. Luego, en una evolución de la expresión pasó a llamarse  zona Cesarini, denominación que parece que ha trascendido hasta el punto de usarse no solamente en relación a partidos de fútbol, sino a eventos deportivos en general, e incluso en otros ámbitos de la vida, como sinónimo de in extremis. Recuerdo ejemplo menos épicos, aunque también fubolísticos, de metonimias así. Stefan Effenberg, sustituído en un partido con su selección durante el Mundial de Estados Unidos le enseño el dedo índice levantado a su entrenador. En Alemania a ese gesto se le llamó un tiempo, ignoro si se ha mantenido, hacer un effenberg.

Cesarini hizo el camino de ida y vuelta, en realidad dos vueltas completas. Nació en Italia y se crió en Argentina. Luego emigró al viejo continente. En los años 30 hizo carrera en la Juventus y fue internacional con la selección italiana, aunque su último partido lo jugó unos meses antes de la Copa del Mundo de 1934, ganada precisamente por la squadra azzurra. En su regreso a Argentina llegó a jugar en River, donde poco después, en labores técnicas, fue uno de los forjadores de la famosa máquina, esos que en los primeros años 40 formaban una delantera de ensueño, además con nombres de enumeración deliciosa. La cadencia, el ritmo ayudan sin duda a crear la leyenda: Muñoz, Moreno, Pedernera, Labruna y Loustau.  El equipo de referencia del joven Di Stefano, que llegó a jugar con algunos de ellos. De este último artículo  me guardo una frase del Pipo Rossi, también integrante de esa orquesta: “Quien no pasa la pelota al pie es mala persona”.