Los padres de los otros

Una de las cosas que le pasan a Uno con la edad es que Uno además de ser quien es, se convierte en el padre de otro. Así para mucha gente, de edades y tamaños variados, yo soy el padre de … Como otros muchos son para mí los padres de … Hace poco llamé a casa de un vecino para avisarle de que se había dejado la ventana del coche bajada. Me abrió una niña, que va a clase con mi hijo, y nada más verme se gira y grita “es el padre de Kevin” (es obvio decir que mi hijo no se llama Kevin, pero por temas de discreción, y sobre todo no preocuparme por mis contraseñas de internet, los llamaremos Kevin y Jonathan, respectivamente, aunque Jonathan no tiene en este momento aparición alguna prevista en esta historia). Como decía, Uno entra en contacto con un mundo curioso. El de los padres de los otros. Dejo de lado la vertiente agradable, que la hay. Es bueno encontrar gente con la que puedes hablar tranquilamente un buen rato, o incluso llegar a invitaciones recíprocas a comer o cenar. Me centro en los otros padres de los otros. Los que dan juego. Esos que no te saludan nunca -ni devuelven el saludo, quiero decir-, o que cuando te diriges a ellos por alguna razón prosaica -suelen recaudar dinero para regalos colectivos para algún niño, o para la profesora, por ejemplo- te miran como si te vieran por primera vez. Donde se destapan las caretas es en las reuniones de padres. Esto acaba siendo como todo, al final casi ya ni vas porque ya sabes lo que te van a contar. Pero el público sí ofrece espectáculo. He visto padres (entiéndase que uso esta expresión todo el rato refiriéndome indistintamente a padres y madres) que parecen gente sensata, con los que comentas cualquier cosa cuando te encuentras, gente agradable en la conversación casual, que en las reuniones de padres bajan las defensas. Por supuesto, son la excepción, pero son suficientemente numerosos -mi experiencia así me lo indica- para considerarlos una categoria propia. Hacen preguntas peregrinas, fiscalizadoras hasta extremos sorprendentemente inquisitivos -¿de verdad quiere usted saber con tanto tanto tanto detalle lo que hace su hijo desde la hora de comer hasta que vuelve a clase? ¿no le basta una explicación genérica, y suficientemente descriptiva?- y otros comportamientos poco edificantes. ¿Quiere usted apagar el móvil antes de empezar, maleducado?, ¿quiere dejar de hacer comentarios en voz alta?. Suerte que no se venden palomitas antes de esas reuniones.

La verdad, da para bastante esto de los padres de los otros. Pero me tengo que ir, que ya voy un poco justo. Esta noche llevo a Kevin a un concierto, a un peaso concierto. A Jonathan -como los buenos goleadores, aparece donde menos se le espera- lo dejo a dormir en casa de una niña -monísima- de su clase. Sus padres encantadores, por cierto.

2 comentarios to “Los padres de los otros”

  1. Mauricio Ganz Says:

    No entiendo como esta entrada no triunfó.

  2. tacitus Says:

    yo tampoco

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