Archive for 30 octubre 2009

Dos curas

octubre 30, 2009

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El otro día subí al tren, de cercanías. Me senté al fondo del vagón, al lado de una chica joven, vestida de negro, de un negro elegante y bastante guapa, de mirada aburrida. Me senté a su lado porque ese asiento estaba orientado en la misma dirección del tren. Si me hubiera sentado enfrente no la hubiera tenido que mirar de reojo de vez en cuando, pero seguramente tampoco hubiera reparado en el cura que estaba sentado ante ella. El asiento de delante mío estaba vacío. Había llovido mucho, y se me habían mojado los zapatos, y el traje. Sonó el móvil. Era del cura, un cura relativamente joven -sobre todo teniendo encuenta la media de edad de ese colectivo-, de cuarentaytantos. Ya me chocó que tuviera móvil, comentó lo de la lluvia con su interlocutor –estoy como un pez, dijo, y me dió por pensar en milagros, con panes incluidos-. Pero creo que incluso levanté las cejas cuando se despidió diciendo nos vemos en el bar. La leyenda del santo bebedor pensé yo. No llevo datos estadísticos, pero no creo que haya coincidido muchas veces con un cura en el tren. Unas paradas después llegó la sorpresa. Un segundo cura, mayor -estilo Padre Brown-, entró en el vagón y se sentó justo delante mío. El otro, que lo tenía a su lado, lo miró de reojo pero no le dijo nada. Yo estuve a punto de decir salúdense, son colegas . Pero me callé. El padre Brown llevaba una carpetilla transparente en la mano. Se veía un discurso que -supongo- debía pronunciar. En el título salía Darwin. Era breve, porque pude leer la frase final: esto es lo que tengo que decir sobre Darwin. Me quedé con ganas de saber el qué, pero llegó mi parada y me bajé. Darwin, curas y móviles. Todo muy raro. La joven de al lado seguía con sus auriculares, y su mirada aburrida.

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Pintas

octubre 23, 2009

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Los vasos de pintas tal como los conocemos tienen los días contados. Contaba The Times a finales de agosto que había gente trabajando en crear nuevos diseños, de materiales irrompibles. Parece ser que se estima que hay unos 87.000 heridos al año por culpa de los vasos de las pintas. Yo mismo o alguno de los míos podíamos haber engrosado esas estadísticas. Volvíamos caminando al hotel un día por la noche, saliendo de Covent Garden. Un paseo corto y agradable, de camino la gente fuera de los pubs, fumando y bebiendo con fruición, agrupados en corrillos, con ellas dejando el bolso en el suelo en medio. Era una hora prudente, así que aún no había empezado la fiesta etílica (al día siguiente pasé cerca de allí otra vez, un par de horas más tarde y el ambiente estaba más caldeado). El caso es que a cinco metros de nosotros, en medio de la calle estalló un vaso de cristal en mil pedazos. Algún gracioso con unas pintas de más había brindado como los cosacos y tirado el vaso al aire. Causa desasosiego ver esa forma de beber tan compulsiva. Un par de programas de TV de esos de tv verité que están en boga ahora mostraban que los hooligans no solamente se comportan mal fuera de su casa.

Las estadísticas del artículo son concluyentes. Cada semana se sirven 16 millones de pintas en el Reino Unido. Un británico medio (average british man ¿incluye eso a las señoras? ¿o ellas beben ginebra como hacía la reina madre?) se beberá a lo largo de su vida unas 11.600 pintas. Yo bebí unas cuantas pintas en mi periplo inglés, pero no sé si cuentan todas, porque la mayoría fueron en casa. La verdad es que fuí poco al pub, pero en el supermercado probaba bastante variedad, con predominio y victoria final de la Greene King IPA. Habiendo pasado algún tiempo en países como Bélgica, Alemania o Inglaterra, creo que voy a escribir algo titulado la vuelta al mundo en 80 pintas. Aprovechando que después de las lluvias de ayer repunta el calor, me voy a tomar una cerveza. Es la primera vez que acabo de escribir aquí y estoy sediento.

Me quedan más cosas que decir, así que otro día reabro la espita de esta entrada.

Sospecha

octubre 2, 2009

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Como todo el mundo sabe, viajar en avión se ha convertido en un coñazo, incluye tener que pasar por unas medidas de seguridad mayormente absurdas, y en general sentirse tratado de manera indigna. Nosotros al fin y al cabo lo sufrimos cuando vamos al aeropuerto, pero en algunos sitios lo de la seguridad es un poco exagerado. En Inglaterra, por poner un ejemplo aleatorio, llaman la atención varias cosas. Primero, la abundancia de cámaras de seguridad por la calle. Hasta mi hijo pequeño se dio cuenta, de hecho se dio cuenta él antes que yo de la gran cantidad que había. Luego otros detalles: en muchos lugares públicos han eliminado la papeleras. Eso se nota especialmente en las estaciones de tren. No hay papeleras, ni bancos donde sentarse. Supongo que quieren evitar que los terroristas se sienten a descansar. Eso genera situaciones cómicas. Lo viví un par de veces en King’s Cross. Los trenes se anuncian según van llegando a la vía que corresponde, con una antelación que a veces no llega ni a diez minutos, así que la gente está de pie, agolpada en el hall hasta que sale su tren en pantalla, y entonces la riada humana se dirige a la vía que toca.

De todos modos, lo que más me llamó la atención en materia de seguridad fueron carteles como el de arriba, que cogí en el aeropuerto el día que llegué. Toda una apología de la sospecha y de la delación. “No confíes en los otros, si sospechas, informa”. Supongo que al final lo que nos puede salvar es el sentido del humor, como el del que se molestó en hacer un cartel exactamente igual al auténtico en su diseño -hasta poniendo el numero de contacto real-, pero de contenido ligeramente más irónico.

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