The Damned United

septiembre 13, 2009

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Pensaba reaparecer -de verdad.- hablando de cricket, pero de momento sigo con el fútbol. Este verano era un best seller en las librerías inglesas una biografía de Brian Clough, versión bolsillo en la que se basa esta película. Brian Clough, diría cualquier aficionado de nivel medio alto, fue entrenador del Nottigham Forest (con Peter Shilton y Trevor Francis de grandes baluartes) que campeonó en Europa dos años seguidos, a finales de los setenta y principios de los ochenta entre el estupor de todos. Pocos años antes estaba en Segunda. Poco más hubiera podido decir yo de Clough hace un par de meses, de hecho hace un par de días. Me descargué, sin saber que iba sobre él, The Damned United, que explica su breve trayectoria al frente del Leeds United, el equipo que estaba en la cima del fútbol inglés en los primeros años setenta. Y es que entre el ManU de Best y el Liverpool de Keegan y luego Dalglish, hubo unos años donde el que dominaba el cotarro era el Leeds. Como en una sesión de hipnosis, mientras veía la película recordaba que el equipo que eliminó al Barça de Cruyff -jugador- en semifinales de Copa de Europa fue el Leeds United, en una noche de Sant Jordi en 1974. Luego en la final se cruzaron con el Bayern, y no hase falta disir nada más.

La película me pareció muy buena, muy entretenida. Los ingleses tienen una gracia especial para hacer esas ambientaciones setenteras sin que parezcan astracanadas -Billy Elliot, otro gran ejemplo-. Tienen también una manera de narrar, de crear las leyendas, de contarlas … El caso es que uno se encuentra al joven Cloguh y no puede evitar recordar a Mourinho, un tipo arrogante, que nunca se equivoca, obsesionado con medirse -provocando el enfrentamiento si es menester- con las grandes vacas sagradas. A diferencia de The Special One, Clough si tuvo una carrera como jugador, aunque se vio obligado a retirarse prematuramente por una lesión. Mmm, me acuerdo de un caso parecido, Javi Clemente otro entrenador de aparición fulgurante, joven, arrogante y triunfador. Una de las mejores cualidades de la película es como cuenta la relación de Clough con su segundo, Peter Taylor, encarnado por el actor Timothy Spall, un secundario de lujo, con aspecto de antigalán pero que siempre te sostiene una escena (todos de pie, que veo que empezó su carrera actuando en Quadrophenia). Me recordó a alguna de esas parejas de banquillo que parecen hechas para toda la vida, aún después de romperse, como la de Johan y Charly. El papel de Clough lo interpreta Michael Sheen, que ha aparecido por ejemplo en la reciente Frost/Nixon, y poco antes en la estupenda The Queen de Stephen Frears, haciendo el papel de Tony Blair, de quien me acordé demasiadas veces viendo esta película, que por ponerle algún pero flojea un poco en algunas escenas de vestuario … más que nada porque no sé  si en los setenta las plantillas eran tan cortas. Creo que no. En todo caso, cuando me pregunten por una película de fútbol, sobre el fútbol, pienso citar esta entre las primeras. Por cierto, la inspiración no vino sola. Ya en la Zona (Cesarini, of course) de esta entrada le devuelvo a Hele la apropiación de ideas.

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There’s a few things I need you to know. Three

septiembre 6, 2009

1. Tres conciertos de U2 he visto este verano, dos en el Camp Nou y uno en Wembley. Y aún iría a ver alguno más. Un espectáculo grandioso,  una verdadera montaña rusa de más de dos horas.

2. Tres títulos ganamos la temporada pasada. La estética y la eficacia unidas como pocas veces se han visto. No sé qué haremos este año, pero auguro que lo volveremos a pasar bien.

3. Tres años cumplimos hoy. Tres años desde Paris desde el río, El club de los villanos y el eje del mal y Tócala otra vez, Hal. No recordaba que había empezado con tantas ganas. 106 entradas, 565 comentarios, y 38.124 visitas.

Summertime in England

julio 22, 2009

Vaya, me he acordado de que me había ido sin despedirme. Aquí estoy, tomando el aire, y algunas duchas de agua de nube. Volvemos en septiembre. Que sean felices.

Can you meet me in the country
In the summertime in England
Will you meet me?
Will you meet me in the country
In the summertime in England
Will you meet me?
We’ll go riding up to Kendal in the country
In the summertime in England.
Did you ever hear about
Did you ever hear about
Did you ever hear about
Wordsworth and Coleridge, baby?
Did you ever hear about Wordsworth and Coleridge?
They were smokin’ up in Kendal
By the lakeside
Can you meet me in the country in the long grass
In the summertime in England
Will you meet me
With your red robe dangling all around your body
With your red robe dangling all around your body
Will you meet me
Did you ever hear about . . .
William Blake
T. S. Eliot
In the summer
In the countryside
They were smokin’
Summertime in England
Won’t you meet me down Bristol
Meet me along by Bristol
We’ll go ridin’ down
Down by Avalon
Down by Avalon
Down by Avalon
In the countryside in England
With your red robe danglin’ all around your body free
Let your red robe go.
Goin’ ridin’ down by Avalon
Would you meet me in the country
In the summertime in England
Would you meet me?
In the Church of St. John . . .
Down by Avalon . . . .
Holy Magnet
Give you attraction
Yea, I was attracted to you.
Your coat was old, ragged and worn
And you wore it down through the ages
Ah, the sufferin’ did show in your eyes as we spoke
And the gospel music
The voice of Mahalia Jackson came through the ether
Oh my common one with the coat so old
And the light in the head
Said, daddy, don’t stroke me
Call me the common one.
I said, oh, common one, my illuminated one.
Oh my high in the art of sufferin’ one.
Take a walk with me
Take a walk with me down by Avalon
Oh, my common one with the coat so old
And the light in her head.
And the sufferin’ so fine
Take a walk with me down by Avalon
And I will show you
It ain’t why, why, why
It just is.
Would you meet me in the country
Can you meet me in the long grass
In the country in the summertime
Can you meet me in the long grass
Wait a minute
With your red robe . . .
Danglin’ all around your body.
Yeats and Lady Gregory corresponded . . .
And James Joyce wrote streams of consciousness books . . .
T.S. Eliot chose England . . .
T.S. Eliot joined the ministry . . .
Did you ever hear about . . .
Wordsworth and Coleridge?
Smokin’ up in Kendal
They were smokin’ by the lakeside . . .
Let your red robe go . . .
Let your red robe dangle in the countryside in England
We’ll go ridin’ down by Avalon
In the country
In the summertime
With you by my side
Let your red robe go . . .
You’ll be happy dancin’ . . .
Let your red robe go . . .
Won’t you meet me down by Avalon
In the summertime in England
In the Church of St. John . . .
Did you ever hear about Jesus walkin’
Jesus walkin’ down by Avalon?
Can you feel the light in England?
Can you feel the light in England?
Oh, my common one with the light in her head
And the coat so old
And the sufferin’ so fine
Take a walk with me
Oh, my common one,
Oh, my illuminated one
Down by Avalon . . .
Oh, my common one . . .
Oh, my storytime one
Oh, my treasury in the sunset
Take a walk with me
And I will show you
It ain’t why . . .
It just is . . .
Oh, my common one
With the light in the head
And the coat so old
Oh, my high in the art of sufferin’ one . . .
Oh, my common one
Take a walk with me
Down by Avalon
And I will show you
It ain’t why . . .
It just is.
Oh, my common one with the light in her head
And the coat so fine
And the sufferin’ so high . . .
All right now.
Oh, my common one . . .
It ain’t why . . .
It just is . . .
That’s all
That’s all there is about it.
It just is.
Can you feel the light?
I want to go to church and say.
In your soul . . .
Ain’t it high?
Oh, my common one
Oh, my storytime one
Oh, my high in the art of sufferin’ one
Put your head on my shoulder . . .
And you listen to the silence.
Can you feel the silence?

Los padres de los otros

junio 30, 2009

Una de las cosas que le pasan a Uno con la edad es que Uno además de ser quien es, se convierte en el padre de otro. Así para mucha gente, de edades y tamaños variados, yo soy el padre de … Como otros muchos son para mí los padres de … Hace poco llamé a casa de un vecino para avisarle de que se había dejado la ventana del coche bajada. Me abrió una niña, que va a clase con mi hijo, y nada más verme se gira y grita “es el padre de Kevin” (es obvio decir que mi hijo no se llama Kevin, pero por temas de discreción, y sobre todo no preocuparme por mis contraseñas de internet, los llamaremos Kevin y Jonathan, respectivamente, aunque Jonathan no tiene en este momento aparición alguna prevista en esta historia). Como decía, Uno entra en contacto con un mundo curioso. El de los padres de los otros. Dejo de lado la vertiente agradable, que la hay. Es bueno encontrar gente con la que puedes hablar tranquilamente un buen rato, o incluso llegar a invitaciones recíprocas a comer o cenar. Me centro en los otros padres de los otros. Los que dan juego. Esos que no te saludan nunca -ni devuelven el saludo, quiero decir-, o que cuando te diriges a ellos por alguna razón prosaica -suelen recaudar dinero para regalos colectivos para algún niño, o para la profesora, por ejemplo- te miran como si te vieran por primera vez. Donde se destapan las caretas es en las reuniones de padres. Esto acaba siendo como todo, al final casi ya ni vas porque ya sabes lo que te van a contar. Pero el público sí ofrece espectáculo. He visto padres (entiéndase que uso esta expresión todo el rato refiriéndome indistintamente a padres y madres) que parecen gente sensata, con los que comentas cualquier cosa cuando te encuentras, gente agradable en la conversación casual, que en las reuniones de padres bajan las defensas. Por supuesto, son la excepción, pero son suficientemente numerosos -mi experiencia así me lo indica- para considerarlos una categoria propia. Hacen preguntas peregrinas, fiscalizadoras hasta extremos sorprendentemente inquisitivos -¿de verdad quiere usted saber con tanto tanto tanto detalle lo que hace su hijo desde la hora de comer hasta que vuelve a clase? ¿no le basta una explicación genérica, y suficientemente descriptiva?- y otros comportamientos poco edificantes. ¿Quiere usted apagar el móvil antes de empezar, maleducado?, ¿quiere dejar de hacer comentarios en voz alta?. Suerte que no se venden palomitas antes de esas reuniones.

La verdad, da para bastante esto de los padres de los otros. Pero me tengo que ir, que ya voy un poco justo. Esta noche llevo a Kevin a un concierto, a un peaso concierto. A Jonathan -como los buenos goleadores, aparece donde menos se le espera- lo dejo a dormir en casa de una niña -monísima- de su clase. Sus padres encantadores, por cierto.

Traje sin corbata

junio 15, 2009

Siempre he pensado que llevar un traje sin corbata era poco elegante. Supongo que porque nunca he tenido que llevarlo a diario, más bien de vez en cuando. A veces sí vienen momentos de necesidad en los que hay que ponerse el traje. Y fiel a mis principios, la corbata. Vaya por delante que yo soy de los que no se suelen quitar la americana ni en las bodas, cuando la mayoría de la gente ya se sienta en la mesa con los sudores del cocktail de aperitivo, y apenas llegar colocan la chaqueta en el respaldo. Yo no, yo aguanto. Solamente llego a ese punto sin retorno en momentos de calor extremo –nunca descartables en esta clase de eventos- y siempre después del café. La gente me pregunta si no tengo calor, y yo digo que no, y es verdad. El calor es un estado mental. Bueno, a veces. Esa frase no vale si el sol te está dando de pleno, o hay alguna otra circunstancia extrema. A la sombra y bien sentado no hay porqué achicharrarse. Luego a veces en el momento supremo del baile sí, hay que ceder, porque ahí el movimiento sí justifica quedarse sin chaqueta. También es cierto que si lo puedo evitar no bailo en las bodas. Aunque como en otras cosas, si empiezo, luego me quedo hasta el final. Por supuesto, la gente que se quita la corbata ya en la mesa me parece lo peor. Y si la agita por encima de la cabeza no digamos.

Así que volvemos al principio, a la gente sin corbata pero con traje. Últimamente he renunciado algo a mis principios. He decidido que se puede llevar traje sin corbata, y ser elegante. Supongo que la llegada del calor ha influido, y las más recientes tendencias relativas al declive de la corbata también. La chaqueta sirve para no congelarse con los aires acondicionados. Y por supuesto, hay unas normas.  No hay que llevarlo como si fuera uno de enero a las 10 de la mañana en la Puerta del Sol. Hay que llevarlo como si llevaras corbata, pero sin ella. Por supuesto, recien afeitado, duchado, y peinado. A las cinco de la tarde la imagen ya no es la misma, así que es recomendable no abusar, intentar no pasar de la hora de comer.

También es verdad que llevar un traje exige unos mínimos. No me considero un paladín de la elegancia, pero sí reconozco un traje que queda mal, y la clave de eso no está solamente en el corte, sino en el individuo.Y ya acabo, volviendo a los trajes y las bodas. El otro día estaba –fue mera coincidencia- en la puerta de una iglesia. Estuve allí un buen rato. Hacía sol, yo en bermudas y camiseta, iban llegando los invitados a la boda. Y sentí dolor. Ver esos trajes a las seis de la tarde, ver lo que eran en ese momento, un catálogo completo de trajes que lleva gente que nunca lleva traje -entre las mujeres había más variedad, toda la gama entre el bien y el mal-, y sobre todo pensar lo que sería aquello al cabo de un rato, con las corbatas puestas en la cabeza, y las chaquetas en el respaldo. Pensé que a Magritte no le hubiera gustado, así que me fuí a comprar un helado.

La zona Cesarini

junio 3, 2009

Hace unas semanas, en una de esas charlas que tiene con los lectores, alguien le preguntaba a Enric González si pensaba escribir algún día sobre Cesarini. Él preguntó si era el de la zona, y dijo que lo apuntaba. Me intrigó eso de la zona y Cesarini, y busqué un poco. Hace unos años me gustó mucho una serie titulada El partido del siglo, emitida en Canal plus dirigida por Elias Querejeta, y con participación activa de gente como Santiago Segurola y Jorge Valdano. La condición para estar ahí era que fueran ex jugadores (por eso no estaba Maradona, en ese momento aún semiactivo), y que estuvieran vivos.  No sé si Renato Cesarini (1906-1969) hubiera estado en una selección así en caso de haberse hecho un partido de la primera mitad del siglo, del siglo pasado, pero por lo que leo parece que sí. No tenía conciencia de haber oído hablar de él. Ahora estoy seguro de que sí, porque desde que reparé en él le he oído nombrar más de una vez. Sin ir más lejos, precisamente leo hoy a cuenta de la intromisión del señor Kaká senior en el fichaje de su hijo una frase que acuñó Cesarini y que parece que recuerda a veces Alfredo Di Stefano: “No hay peor cosa que bailarina con mamá y jugador con papá”.  Supongo que es una cuestión generacional, porque sí me sonaba gente con una trayectoria vital parecida a la suya, como Schiaffino, Ghiggia o Sivori, argentinos o uruguayos que triunfaron en Italia, pero todos ellos nacieron al menos un par de décadas después.

A juzgar por las numerosas referencias parece que ya lo sabía todo el mundo, menos yo. Cesarini se especializó en marcar goles en los instantes finales de los partidos, especialmente significativo fue uno con Italia, que dejó perplejo al periodista que bautizó el fenómeno como caso Cesarini. Luego, en una evolución de la expresión pasó a llamarse  zona Cesarini, denominación que parece que ha trascendido hasta el punto de usarse no solamente en relación a partidos de fútbol, sino a eventos deportivos en general, e incluso en otros ámbitos de la vida, como sinónimo de in extremis. Recuerdo ejemplo menos épicos, aunque también fubolísticos, de metonimias así. Stefan Effenberg, sustituído en un partido con su selección durante el Mundial de Estados Unidos le enseño el dedo índice levantado a su entrenador. En Alemania a ese gesto se le llamó un tiempo, ignoro si se ha mantenido, hacer un effenberg.

Cesarini hizo el camino de ida y vuelta, en realidad dos vueltas completas. Nació en Italia y se crió en Argentina. Luego emigró al viejo continente. En los años 30 hizo carrera en la Juventus y fue internacional con la selección italiana, aunque su último partido lo jugó unos meses antes de la Copa del Mundo de 1934, ganada precisamente por la squadra azzurra. En su regreso a Argentina llegó a jugar en River, donde poco después, en labores técnicas, fue uno de los forjadores de la famosa máquina, esos que en los primeros años 40 formaban una delantera de ensueño, además con nombres de enumeración deliciosa. La cadencia, el ritmo ayudan sin duda a crear la leyenda: Muñoz, Moreno, Pedernera, Labruna y Loustau.  El equipo de referencia del joven Di Stefano, que llegó a jugar con algunos de ellos. De este último artículo  me guardo una frase del Pipo Rossi, también integrante de esa orquesta: “Quien no pasa la pelota al pie es mala persona”.

Diletantes en tiempos de crisis

mayo 19, 2009

Hay un tipo de negocio que si de mí dependiera no sobreviviría. No es que si yo mandara lo fuera a ilegalizar, o que aunque no mandara, que no mando, fuera a hacer una cruzada en su contra, es que no pondría jamás los pies allí. Me vino esto a la cabeza el otro día leyendo sobre la existencia de una tendencia de tiendas pop-up, aunque yo las llamaría fast-shops. Ponían ejemplos de tiendas de comidas de gatos que se convertían en restaurantes felinos. Y digo yo que eso funciona (si funciona) en época de superabundancia, donde la gente ya tiene más de lo que necesita. Hay cosas cuyo único valor añadido es la originalidad, que no es poco, pero que al mismo tiempo tampoco es para tanto. Una vez allí ¿qué?. -Oh, he llevado a mi gato a comer a un restaurante para gatos que antes era una tienda de comida para gatos. Ni siquiera contarlo es emocionante.

No hace mucho estuve un día de diario junto a la playa, cosa que no suelo hacer. Iba a comer por allí y paseaba asombrado por la cantidad de gente que había. Era en septiembre, quizás octubre. Las hordas de turistas llegaban en autocares y eran descargados en manada. Pasé por fuera de un sitio que por dentro es un iglú. Un bar de hielo. Te pones una chaqueta (polar) y te tomas tu cerveza o tu copa a temperatura de cubito. Seguro que hay gente a la que le hace gracia eso. A mí desde luego, ninguna.

No sé si diletante es la palabra más indicada, pero me gusta como queda el título. Seguro que hay gente a la que no le hace nada de gracia. Seguro que son de los que se toman una copa en un bar iglú y les gusta la experiencia.

Diletante

1. Persona que se dedica a un arte o ciencia por diversión, sin vocación.

2. Persona cuya ocupación es la mera recreación en el arte.

3. Vividor sibarita.

Eppur si muove

mayo 10, 2009

Si Leonardo viviera hoy en día, yo creo que le gustaría el fútbol. Y a Galileo también. Así que aunque no tenga mucho que ver, o a lo mejor por eso, se me ocurre esta frase, “y sin embargo se mueve”. Ahora mismo debería estar de camino al campo, pero he dejado que otros disfruten que también se lo merecen. Con independencia de lo que hagamos en los próximos partidos -que no lo sé pero estoy seguro de que será bastante bueno- ya puedo afirmar que algunos de los mejores momentos de los últimos días me los han dado ellos. Y yo me pregunto, ¿a mí qué más me dará que veintidos tíos corran detrás de una pelota -de un balón redondo por usar una expresión relativamente común-?. Pues sigo sin saberlo bien, no es un tema meramente estético, hay un montón de cosas más bonitas. Tampoco es que me afecte demasiado personalmente. Quiero decir, yo no juego, ni nadie que yo conozca. Los jugadores son todos más jóvenes que yo. Creo que debe hacer un año  desde que se retiró el último jugador de primera que era mayor que yo. Hasta el entrenador de mi equipo es un poco más joven que yo. Eso me aleja un poco de ellos. Los ídolos de uno tienen que ser mayores que uno. Es una ley natural. Por eso me alegra de que mis músicos favoritos sigan en activo, y me sigan llevando 9 años o 18.

Otro día hablaré de que el fúbol pese a su inmutabilidad, sí se mueve. A su ritmo. De que las cosas que eran esenciales en un momento concreto luego dejan de serlo. Ahora se juega con quince o veinte balones. No hace tanto, para cambiar el balón había un conciliábulo en medio campo del que formaban parte capitanes, árbitro y algún otro que se colaba en la reunión. El año que viene apuesto a que habrá más equipos que viajen el mismo día del partido. También hablaré -las teorías conspiratorias no pueden faltar- sobre las mentiras de las estadísticas, calculadas siempre sobre 90 minutos cuando es sabido que los partidos duran unos cuantos más. ¿Record de imbatibilidad de 540 minutos? Ja.

Esta entrada ha sido escrita de un tirón, en unos veinte minutos, oyendo la previa, y con un extraño pero agradable -y hasta cierto punto absurdo- cosquilleo en el estómago. En un momento empezará el partido. Galileo hubiera mirado fijamente la pelota, y al sonar el pitido inicial hubiera podido pensar eppur si muove.

De instrucciones y etiquetas

abril 20, 2009

Los manuales de instrucciones me producen cierta fascinación. En ocasiones incluso he guardado algunos que no hacían falta -pues su versión española iba en cuadernillo aparte-, con la vaga idea de ponerme a aprender nederlandés o suomi simplemente comparando con su traducción. Como puede verse en la etiqueta de arriba, las traducciones no son siempre muy fiables, aunque de eso hablaré luego.  Ahora estaba con los manuales. Aparatos electrónicos más o menos sofisticados tienen larguísimos manuales, en los que muchas veces lo obvio está explicado de manera excesivamente detallada, y lo que interesa ni si quiera se menciona. A veces parece que en un producto se gastan la pasta en la maquinaria interior, en el diseño exterior, en el embalaje y luego en la publicidad y que no dejan ni una parte ínfima del presupuesto para las instrucciones. A veces parece que el que las redacta tiene odio laboral dentro, odia a su empresa y a los que le obligan a hacer ese trabajo, además sin pagar -“no llega el presupuesto”, le dicen-. Solamente así se puede explicar lo malas que suelen ser.

Para lavar la ropa hay que seguir un manual de instrucciones que está concentrado en la etiqueta. Unos símbolos presuntamente universales pero que pese a todo aún no he conseguido nunca acabar de descifrar. Casi me manejo mejor leyendo jeroglíficos egipcios. Ayer reparé en esta etiqueta. Es de una especie de cojín cilíndrico con el escudo del Barça. Con unas bolitas blancas muy pequeñas y pegajosas en su interior. No está muy bien cosido, así que ya ha habido algún escape, y esas bolitas ínfimas se quedan pegadas a los dedos. No se puede luchar contra ellas. Intenté hacer caso del refrán, pero unirse a ellas tampoco es muy práctico, la verdad.

El caso es que reparé en esa etiqueta, prodigio de síntesis e instrucciones contradictorias, sobre todo si uno sabe idiomas. A saber lo que pondrían si estuvieran en suomi o nederlandés. En fin, pensaba que sabía inglés, pero he descubierto que no.  “Lavar a mano y secar al aire libre” se dice “do not wash”. Eso sí, al menos tienen el detalle de avisar: cuidado con las bolitas interiores. Luego está el tema de los jeroglíficos. Hay seis signos infames y misteriosos, de los que alcanzo a entender el de lavar a mano, y el de no planchar (cosa difícil tratándose de lo que se trata). Los tres de la derecha me parecen especialmente enigmáticos. Los veo ahí y parece que me estén retando, así que he tomado medidas drásticas. A grandes males, grandes remedios. De momento he cortado la etiqueta. Intentaré llegar a un acuerdo amistoso con las bolitas interiores.

99

abril 14, 2009

Suele pasar. A veces uno no sabe de qué hablar y acaba recurriendo al refrito. En algunas series lo hacían de vez en cuando. Una especie de Best of, o un capítulo hecho con trozos de otros capítulos. En grupos musicales, el Best of suele ser mala cosa. O ya no sacan nada, o ya no sacan nada que valga la pena. Yo ya hice mi propio refrito, y lo llamé El ombligo. Eso me cierra esa puerta. Un segundo ombligo en poco más de tres meses revelaría una falta de recursos alarmante. Así que tengo que pensar otra cosa.

El 99 quizás. Así, como efemérides. Hemos llegado a 99. Bien, bravo. Cuando empecé en esto, escribiendo sobre Paris desde el río (bueno, vale, stop refritos) recuerdo haber leído que la gran mayoría de los blogs no llegaban a los dos años. También recuerdo haberme propuesto no quedarme por el camino. Así se escribe la historia, si me hubiera quedado por el camino hubiera olvidado la segunda parte de mi recuerdo, y me hubiera quedado solamente con la primera.

Me gusta el 99. Es mi apellido, seguro que algunos no lo sabéis. Tacitus99, como Johnny 99, los 99 red balloons, el número de Wayne Gretzky o Espacio 1999. Un número que tiene gracia, no lo vamos a negar. Después de él ya cruzas el límite, la frontera del 100. Palabras mayores. He tenido algún pariente que ha llegado a los 100 años, y los ha sobrepasado. A mí de pequeño me leyeron la mano y me dijeron que tenía la línea de la vida muy larga, que viviría 123 años. Todo lo que no sea llegar a esa cifra supondría una decepción, incluso si me quedara en 99.

Epílogo: Usando esa función del contador de palabras, me hubiera gustado escribir 99 palabras, pero los malditos refritos me han disparado las cifras. Ahora no sé si estaba hablando de esto o del colesterol. Y al fin y al cabo, demasiada simetría no es buena. Ah, y una confesión lo de Gretzky lo ví buscando una foto con un 99. Pensé que le daría más credibilidad a la historia.